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El ejemplo de un Maestro

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Llega un momento en esta vida en el que uno empieza a preguntarse si tendrá años e inteligencia suficientes para llegar a ser un digno discípulo de sus maestros, lo cual suele suceder a la progresiva toma de conciencia de cuánto de lo que uno es hoy se lo debe a ellos. Yo a Carlos García Gual, recientemente elegido miembro de la RAE [2], le debo muchas cosas, más de las que seguramente tendré inteligencia y tiempo para poder devolverle. Porque, aunque él diga que es un modesto profesor de griego, Carlos es mucho más. Para empezar fue un extraordinario profesor de griego, con esa mezcla de exigencia y justicia que sólo tienen aquellos que no son profesores por mediocres, sino por generosos, aquellos que, como en el sentido etimológico del término griego ‘didaskalos’  son causa de que otros aprendan. Carlos nos enseñó a generaciones de estudiantes universitarios a traducir, que es ponerse en un segundo plano para permitir que los textos hablen por sí solos, algo que está tan poco de moda en estos tiempos autores prefabricados: dejar hablar a los clásicos desde la humildad del que sabe que nunca podrá igualarlos.

Carlos también nos enseñó que los conceptos más inefables han de poder ser explicados con un lenguaje suficientemente sencillo para que todo el mundo lo entienda, consciente y seguro de que hay una ocasión para cada registro lingüístico, pero nunca para la pedantería.

Y finalmente Carlos nos enseñó, a todos los que decidimos en un momento dado seguirle, que la mejor aula donde dar clase es la sociedad, y que, contra el criterio de los académicos profesionales de pasillo y congreso, no había mejor empeño que salir a contar fuera de las universidades lo que sabíamos dentro. Y con esa elegancia y esa humildad que le caracteriza aguantó ser llamado divulgador y diletante por tener la generosidad de explicar al mundo la belleza que él había empezado a descubrir en la biblioteca de su abuelo en  la casa de Palma de Mallorca, esa Ciutat que adora y que le vio nacer en 1943 . En el fondo, Carlos García Gual ha hecho casi más por las Humanidades y por el estudio de los clásicos en este país que todos los planes de estudios sucesivos que llevamos en los últimos cuarenta años. Y en eso se adelantó a su tiempo, y a su entorno.

Es una alegría que tras muchos años de solitarios esfuerzos los dioses repartan sus dones de manera justa. Para sus discípulos, entre los que me encuentro con orgullo desde que me aconsejó hace más de veinticinco años que me dedicara a la literatura, es una gran alegría, sabiendo además, como sabemos, que seguirá siendo el mismo tras recibir un honor como éste, porque Carlos,  quien, como su adorado Alejandro de Macedonia, héroe curtido en mil batallas, ha tenido a lo largo de su vida la valentía de desafiar los límites del mundo conocido, siempre ha sabido regresar al jardín de Epicuro para recuperarse.

En el IE tuvimos la ocasión de contar con su presencia [3] hace un par de años, y Fernando Dameto tuvo entonces la oportunidad de charlar con él, entrevista que se puede ver aquí [4].