- Humanities blog - https://humanities.blogs.ie.edu -

Honestidad

rafael [1]Por Rafael Puyol, Vicepresidente de Fundación IE

Se ha dicho muchas veces que las universidades españolas no producen los titulados que demanda el mercado y que no forman graduados con suficientes niveles de empleabilidad, un concepto que  se refiere al potencial que tiene una persona de ser solicitado por una empresa para trabajar en ella. La empleabilidad se nutre, lógicamente, de los conocimientos técnicos de la profesión, pero también de una serie de competencias que van desde el dominio de lenguas o de las nuevas tecnologías hasta hábitos como el trabajo en equipo, la aptitud para analizar y resolver problemas, las dotes comunicativas o la capacidad de aprendizaje o adaptación al cambio.

La semana pasada se presentó un ranking de Universidades basado en el manejo de esas competencias (9 en total) realizado por la Fundación Éveris, que preguntó a 2.000 reclutadores de empresas cuales de esas destrezas valoraban más y si consideraban que los candidatos reclutados la poseían en dosis suficientes. Con una diferencia significativa sobre el resto, la primera de las competencias apreciadas fue “la honestidad y el compromiso ético”, una cualidad que los titulados no tenían en la cuantía que los reclutadores juzgan conveniente.

Y ese resultado se me antoja preocupante y al mismo tiempo esperanzador. Preocupante porque el señalamiento de la honradez como requisito laboral refleja la preocupación de muchos responsables empresariales de que no existe en nuestra sociedad en el nivel exigible. Esperanzadora porque, al menos, los responsables de la contratación de las empresas la consideran imprescindible para sus trabajadores cualificados. El problema es que las universidades no somos capaces de ofrecer una formación suficiente en esa y otras destrezas esenciales. Al diseñar los planes de estudio nos preocupamos mucho más por incorporar contenidos, algunos de dudosa utilidad, y mucho menos de educar a los estudiantes en esas capacidades que no sólo contribuyen a su formación intelectual, sino a su hechura como ciudadanos. Formar profesionales honestos y con un fuerte compromiso ético: he ahí uno de los ingredientes básicos de un siempre difícil, pero necesario, pacto educativo.