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Una gerontocracia imperfecta

INSTITUTO DE EMPRESA.  PROFESORES [1]Por Rafael Puyol, Vicepresidente de Fundación IE

Nadie duda del peso electoral de la población mayor. Sobre un volumen total de electores de 36,5 millones aproximadamente, los mayores de 65 años suponen en España alrededor de un 25% de los votos posibles. Algunos hablan de gerontocracia o de la importancia del “voto de los pensionistas “para inclinar la balanza electoral. Yo no creo que podamos hablar en España de gerontocracia (literalmente el poder de los viejos) por tres razones. Primera, porque los seniors a diferencia de lo que ocurre en la Iglesia o lo que sucedía en la antigua URSS apenas están representados entre los candidatos. Peinar canas no se lleva en política y los que las tienen se las tiñen para quitarse años. El tinte les sienta bien a las mujeres, pero a los hombres les da, a veces, un aspecto deplorable. Segunda porque no tenemos, a diferencia de otros países, partidos formados prioritariamente por viejos para defender sus intereses. Tercera porque los mayores tienen voto, pero no voz. Los partidos mayoritarios les hacen algún guiño ocasional, pero ni les prestan demasiada atención, ni favorecen la inestimable contribución que  pueden hacer al conjunto de la sociedad. Todos los partidos políticos tienen sus agrupaciones de jóvenes, pero deberían tener también sus agrupaciones de mayores.

Ahora bien, el que no podamos caracterizarnos como una gerontocracia, no resta importancia al voto senior que va a ir adquiriendo cada vez más importancia porque los mayores votan más que los jóvenes y porque vamos a tener índices de envejecimiento crecientes (dentro de 15 años habrá 3 millones más de viejos). Quien quiera el voto de los seniors tendrá que ganárselo definiendo para ellos medidas de envejecimiento activo y políticas dignas que atiendan sus necesidades. No solo habrá que enfrentar el desafío de las pensiones y el del gasto sanitario sino el de otras necesidades sociales y asistenciales, incluso el del ocio. Los partidos mayoritarios, beneficiarios principales del voto de los viejos, no pueden dormirse en la creencia de que ese voto mayor es casi un voto cautivo. De hacerlo así, corren el peligro de perderlo.