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Tres años de espejismos

haizam [1]Por Haizam Amirah Fernández, profesor asociado de Humanidades en IE Business School 

En Egipto los sobresaltos no han acabado, ni se han puesto las bases para enderezar una transición convulsa y errática. Mañana se cumple el tercer aniversario de lo que los egipcios aún llaman la «revolución del 25 de enero» que descabezó el régimen de Hosni Mubarak y generó un gran interés mundial. En ese tiempo, el país ha vivido numerosas sacudidas que han disparado los niveles de incertidumbre y de polarización social, al tiempo que se ahondaban los graves problemas sociales y económicos causantes de las revueltas.

Pocos en Egipto ven que la situación hoy sea mejor que hace tres años, ni a nivel económico, por la caída de ingresos en sectores clave como el turismo y por la huida de las inversiones extranjeras, ni de seguridad, por el aumento de la violencia y de la criminalidad. Desde el exterior se repiten las llamadas de atención de quienes ven signos preocupantes de descomposición en Egipto, con un alto potencial de contagio al resto de Oriente Medio y norte de África en forma de inestabilidad sociopolítica y de radicalismo militante.

Durante los tres últimos años, la transición en Egipto se ha caracterizado por varios rasgos como los continuos cambios en las reglas del juego, la incapacidad de crear consensos básicos y alianzas estables, la repetición de errores recientes, el enfoque de «juego de suma cero» de los principales actores, y la creación de expectativas que, al poco tiempo, se ven incumplidas. No son factores extraños a otros procesos de transición, aunque en Egipto se dan de forma concentrada en un corto periodo de tiempo.

Una conclusión de lo ocurrido desde la caída de Mubarak es que cada nuevo paso dado va acompañado de espejismos e ilusiones, lo que provoca graves errores de cálculo por parte de todos los actores políticos y sociales. Eso mismo se puede decir del momento actual en el que los militares parecen dominar la situación, una vez que se han deshecho -por ahora- de sus principales adversarios políticos: los Hermanos Musulmanes.

El depuesto presidente Mohamed Morsi y sus Hermanos Musulmanes cometieron el error fatal de creer que una victoria en las urnas -aunque fuera con el 51,7% de los votos- les daba derecho a legislar a su antojo, a colocarse por encima de la ley y a imponer una Constitución hecha a su medida. Su gestión sectaria e incompetente les creó demasiados enemigos en poco tiempo. El problema actual de Egipto es que quienes mandan ahora también alegan poseer la «legitimidad de las masas» para redactar leyes restrictivas de derechos, aprobar una Constitución en un proceso no democrático e imponer una narrativa de «lucha contra el terrorismo», del cual se culpa a los Hermanos Musulmanes, muchos de cuyos miembros se enfrentan a duras condenas.

Si la Constitución islamista de 2012 no fue el resultado de un consenso social y político amplio, lo mismo se puede decir de la Constitución recién aprobada bajo la tutela de los militares. A pesar de la apariencia de gran apoyo social a la nueva carta magna que transmitió la omnipresente campaña mediática a favor del «sí» (no se permitió hacer campaña por el «no»), tan sólo un tercio del electorado votó a favor. Según los mismos datos oficiales, el «sí» recibió el 98,1% de los votos, una cifra que recuerda a los resultados electorales de otras épocas.

El referéndum constitucional celebrado la semana pasada podría ser un espejismo más en la transición egipcia. Muchos de quienes votaron a favor, sobre todo mujeres y personas mayores, lo hicieron con la esperanza de que se alcance la estabilidad y se imponga la ley y el orden, cuyo deterioro está alterando la vida y la economía de muchos. El referéndum también se presentó como un intento de legitimar el actual orden político y como voto de castigo o de venganza hacia los Hermanos Musulmanes. Algunos incluso lo vieron como un plebiscito para que el hombre fuerte del momento, el jefe de las Fuerzas Armadas, Abdelfatah al Sisi, sea aclamado como nuevo presidente de la República Árabe de Egipto.

Los meses transcurridos desde el golpe del pasado julio, encabezado por el propio Al Sisi, han sido reveladores y, a la vez, inquietantes. Desde entonces el país está en una espiral ascendente de represión y violencia, se intenta excluir al adversario político por todos los medios, se ha producido una profunda fractura social y se repiten los intentos de vuelta a las prácticas del Estado policial propias de la época de Mubarak.

Para evitar dar la sensación de debilidad o desgobierno, el Estado ha optado por mostrar mano dura frente a la principal preocupación de muchos egipcios (real o fomentada por los medios): la inseguridad. De ahí que la represión por parte de los militares, el ministerio del Interior y el poder judicial no hace más que aumentar desde el mes de julio. Primero se dirigió contra los Hermanos Musulmanes y ahora se está extendiendo a jóvenes revolucionarios, intelectuales y a cualquier voz crítica con la deriva autoritaria. Sin embargo, la creciente represión no ha acabado con las protestas callejeras ni ha impedido ataques contra policías y militares, cuyo número y gravedad van en aumento.

En su afán por acaparar todo el poder, los militares y sus aliados en el llamado «Estado profundo» (servicios de seguridad, burocracia, medios de comunicación, hombres de negocios, etc.) parecen no prestar demasiada atención a la economía doméstica del egipcio de a pie. La sociedad egipcia es numerosa y muy joven, crece rápido y su riqueza está distribuida de una forma muy desigual. Por su parte, la economía del país se mantiene en pie casi exclusivamente gracias a las generosas ayudas de algunos países del Golfo, interesados en que no se produzca un colapso. Sin embargo, esas ayudas serán insuficientes si no se acometen reformas económicas profundas y a muchos niveles. Esas reformas deberán tocar aspectos tan delicados socialmente como son los subsidios a productos básicos y a la energía.

Tres factores interconectados marcarán el futuro de la maltrecha transición egipcia: la economía, la seguridad y la capacidad de integración política y social. En ausencia de estabilidad y de reconciliación nacional, es difícil imaginar cómo se podrán alcanzar los objetivos de la revuelta que derribó a Mubarak, resumidos en el eslogan «pan, libertad, justicia social». Si a eso se le suman las graves carencias de los servicios públicos por falta de recursos, por la ineficacia institucional y como resultado de la extendida corrupción, la paz social será difícil de alcanzar.

POR OTRA parte, la sociedad egipcia también está cambiando y ha perdido el miedo a pedir la caída de sus presidentes (dentro de pocos meses se elegirá al cuarto presidente en tres años). Los egipcios también han descubierto el poder de sus movilizaciones para provocar cambios políticos y constitucionales (ya van tres constituciones diferentes en tres años, algo de lo que no muchos países pueden presumir). La apatía del pasado se ha convertido en impaciencia por falta de resultados y, si algo están demostrando los egipcios, es que muchos pueden retirar su apoyo a quienes mandan en poco tiempo.

Tratar de gobernar una sociedad fragmentada y con enormes problemas socioeconómicos recurriendo a los métodos del pasado se antoja una tarea muy complicada y de dudoso éxito. Es probable que Al Sisi quiera verse como el salvador de la patria o como el sucesor carismático de Gamal Abdel Naser, pero en este contexto tan problemático nada impide que, de convertirse en presidente, pueda terminar como alguno de sus dos predecesores castrenses, lejos de la gloria que busca.

¿Corre Egipto el riesgo de convertirse en un Estado fallido? Aunque hoy parezca poco probable, cada día hay más motivos para no descartar del todo esa posibilidad. De producirse, tendría inimaginables consecuencias de dimensiones mundiales. Lo que resulta evidente a día de hoy es que el Estado egipcio es mucho más débil de lo que parece, por su ineficiencia y por su recurso a la represión tratando, paradójicamente, de aparentar fuerza. Una conclusión de lo ocurrido en los tres últimos años en Egipto podría ser que Mubarak cayó, ante todo, porque su régimen dejó de ser fuerte para convertirse en feroz. La duda es si los actuales gobernantes quieren poner a prueba esa conclusión.

Publicado en El Mundo [2] (23/01/2014)