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BECAS

rafael [1]Por Rafael Puyol, Vicepresidente de Fundación IE

Distingue un amigo mío dos clases de alumnos universitarios: los que “cursan” y los que “estudian”. Los primeros se mueven en una cierta mediocridad académica y tienen como objetivo prioritario ir haciendo la carrera poco a poco sin desplegar esfuerzos excepcionales. Los segundos, por el contrario, no sólo pretenden pasar las asignaturas, sino obtener una buena formación y calificaciones dignas.

Estamos ahora inmersos en el debate sobre las becas universitarias que, en definitiva, refleja dos maneras diferentes de concebir su alcance: la de quienes defienden, ante todo, criterios socio-económicos para la concesión y la de quienes valoran especialmente las exigencias académicas, por supuesto sin olvidar los anteriores.

La universidad española no sólo debe producir profesionales, sino buenos profesiones. No debe rechazar a los que vengan por el simple propósito de “cursar”, pero debe favorecer especialmente a los que pretenden “estudiar” y la política de becas tiene que ser especialmente sensible con estos últimos. Nadie con auténtica vocación y capacidad debe quedar fuera del sistema por razones económicas. Pero eso no debería ser incompatible con unas exigencias académicas razonables para poder disfrutar una beca. Que con el dinero público se intente premiar a los que más rinden, en definitiva a los que no se limitan a “cursar”, sino a estudiar, parece bastante lógico. Creo que en ello el Ministro tiene razón, al insistir en la recuperación de la cultura del esfuerzo como un ingrediente  fundamental del oficio de estudiante.

Luego las universidades podrían establecer sus propios sistemas de becas, costeadas con dineros procedentes de otras fuentes, públicas o privadas, y destinada a alumnos con menor rendimiento académico. Y es preciso admitir, que, con honrosas excepciones, las universidades españolas son muy pasivas en la captación de una financiación privada que cada vez va a ser más imprescindible y que, me apresuro a decir, no supone ninguna mercantilización o privatización de nuestras “alma mater”. Que nadie me interprete mal: creo que la universidad española necesita más financiación pública y espero que llegue cuando mejoren los tiempos, pero creo, al mismo tiempo, que es preciso redoblar los esfuerzos para obtener más fondos privados.