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Desmiento los rumores

Por Javier Gomá Lanzón

El ministerio político cede su prioridad al cultural. La responsabilidad del intelectual es alimentar la conciencia del hombre de mañana

Nada más eficaz para inventarse una noticia que negarla con rotundidad. Recuerdo que, “en aquel tiempo”, disfrutaba desmintiendo en el círculo de mis amigos de distancia media el (imaginario) rumor que me atribuía una relación sentimental con alguna bella de la época: “Nada que comentar sobre Aitana Sánchez Gijón”, decía yo, insinuante; “al día de hoy, Judith Mascó y yo no mantenemos contacto”; o a veces, con más atrevimiento: “Por favor, no me preguntéis más sobre mi amistad con Brooke Shields”. Revistiéndome de dignidad y de discreción daba a entender que un sentido quizá anticuado de la caballerosidad me retraía de hablar de estas cuestiones privadas. Seductor y caballero a un tiempo gracias a un sobrio desmentido.

Ahora considero mi deber salir al paso del insistente rumor que me hace miembro del nuevo Gobierno. Aunque me llamen loco, no aceptaré ser ministro. Y os diré la razón: estoy escribiendo un libro.

Imagino la expresión de extrañeza dibujada en el rostro del lector. “¿A quién le importa tu libro?”, se preguntará estupefacto. En comparación con el poder, la notoriedad, la influencia, las ventajas tangibles e intangibles y, si tiene uno ese capricho, la capacidad de servicio público que van aparejados al cargo de ministro del reino de España, la publicación de un libro más en la ya inflacionaria producción editorial de este país parece una tontada. Como alguien afirmó, en España la gente no tiene tiempo para leer libros porque cada uno está demasiado ocupado escribiendo el suyo. Miles de volúmenes dormitando en los anaqueles de las librerías esperan ser comprados por algún lector ocioso y, en contraste, nada hay más codiciado en el mundo que un asiento en el Consejo de Ministros, por el que rivalizan a cuchillo legiones de candidatos. ¿Y tú, infeliz, piensas en añadir otro título más al ISBN?

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