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Asturias: Grandona y Pequeñina

Por Rafael Puyol, Profesor de IE School of Arts & Humanities

[1]Alguna vez he contado que hay en el madrileño barrio de Argüelles un bar asturiano con una gran foto de Manhattan, aún con las torres gemelas y un letrero que anuncia: Cangas de Narcea, Vista parcial. Es quizás una de las muestras más inequívocas del “grandiosismo” de mi tierra. Pero los ejemplos más acabados de ese afán superlativo que caracteriza a las gentes de Asturias, los encontramos en Gijón, la Villa de Jovellanos. Hay una escalera que desciende a la playa de San Lorenzo, algo mayor que las demás, que recibe, por lo tanto, el nombre de Las Escalerona. Los aficionados al fútbol saben de sobra que el estadio donde el Sporting cosecha sus pírricas victorias, es El Molinón. Y la iglesia de los jesuitas, sólo un poco mayor que las otras, es para mis paisanos La Iglesiona. Cuando sube la mar viene “la olona” y las mujeres macizas son inevitablemente grandonas y pechugonas.

Pero el “grandionismo” asturiano tiene su contrapunto en el uso, igualmente frecuente, de los diminutivos. La gente bebe sidrina, come “pixín” y venera a la “Santina” que es pequeñina y galana. Los consejeros autonómicos son “ministrinos” y hay en Oviedo un kiosco que tardón en construirse que la gente decidió llamarlo “El Escorialín”.

Para esto de los nombres y para muchas otras cosas los asturianos no tienen términos medios. O enfatizan lo que les gusta elevándolo a una categoría superlativa, o relativizan lo entrañable haciéndolo más cercano, más pequeño, más propio. Y lo más singular es que, a veces, saben mezclar las dos cosas. Mi amigo Gerardo es un mozón, pero para nosotros es Gerardín. Y para beber la sidra hay que echar “un culín”, ya saben, en un vaso grandón para que se bata bien al caer.