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Las bibliotecas de Hemingway

Por Manuel Lucena Giraldo (Profesor asociado de Humanidades del IE)

El archivo de Hemingway sale a la luz poco a poco. Un material –cartas, manuscritos, fotos– que refleja la pasión lectora de quien supo rodearse de grandes bibliotecas

Hemingway, fotografiado escribiendo

Al sur de la bahía de Boston se encuentra un edificio extraño, un cubo de cristal oscuro que domina el puerto y ofrece desde dentro una vista prodigiosa al visitante, gris en invierno y azul en verano. Allí se hallan el museo y la biblioteca [1] dedicados a John Fitzgerald Kennedy, lo que es tanto como decir que custodia el «sueño americano». También el archivo de Ernest Hemingway, con más de mil manuscritos, diez mil fotografías, correspondencia con Faulkner, Marlene Dietrich o Antonio Ordóñez, libretas, pinturas, trofeos de caza y diversos objetos personales. Contra lo que podría esperarse en dos figuras de semejante relieve, JFK y Hem (para los amigos) jamás se conocieron, aunque tuvieron cierto contacto epistolar.

No resulta difícil imaginar la fascinación que el futuro presidente, ávido lector y ganador del Pulitzer en 1957 por su libro Perfiles valerosos, dedicado a senadores estadounidenses, debió de sentir por los héroes del escritor, tan activos como valientes y modestos. Un arquetipo al que su propia generación, combatiente en la Segunda Guerra Mundial, se adscribiría con entusiasmo. De hecho, Hemingway [2] estuvo entre los invitados a la inauguración presidencial de enero de 1961, pero se encontraba entonces internado en la clínica Mayo, sometido a una terapia antidepresiva (y antialcohólica) brutal, con electrochoques y una fuerte medicación. En el cable de agradecimiento y disculpa enviado en su nombre, mencionó la felicidad y el orgullo que le invadían por el comienzo de un tiempo de esperanza. Le quedaban menos de seis meses de vida hasta el disparo fatal del 2 de julio siguiente en Ketchum, Idaho. Y al presidente Kennedy, que gobernaría durante mil días el reino de Camelot, hasta el magnicidio de Dallas del 22 de noviembre de 1963, menos de tres años.

Océano de papeles

La memoria del presidente y el escritor se unieron por un designio de sus viudas, Jacqueline Kennedy y Mary Hemingway, que mediante un simple intercambio de cartas acordaron en 1968 que el océano de papeles que constituía su legado fuera depositado en la futura biblioteca presidencial, abierta en 1979. La sala Hemingway lo sería al año siguiente. Si el material de referencia en ella es abundante, en realidad el investigador se halla ante un laberinto. ¿Ocurrió algo durante la primera mitad del siglo XX que no esté representado aquí? Las sorpresas son inmediatas. A pesar de la imagen cultivada por Hemingway de perpetuo cazador de vivencias afectado de antiintelectualismo, la bibliofilia y el amor a los periódicos formaron parte de su vida hasta un extremo difícil de concebir, que empezó con su educación sentimental. El padre, médico (también cazador y pescador), tenía en la antesala de los pacientes periódicos, libros y revistas. Según cuenta su hermana Marcelline, con la que se llevaba un año, les leía a Dickens, pero había eliminado de sus estanterías a Jack London por la violencia y crudeza del lenguaje. En su adolescencia, Hemingway y su hermana se llevaban hasta cuatro libros de la biblioteca pública (Kipling, Twain, Stevenson) para tener entretenimiento nocturno.

Quizás entonces se originó su hábito de leer muchos libros al mismo tiempo (y de tener insomnio). Los amigos de juventud señalaron que estaba siempre leyendo «cuando no estaba trabajando»: ocho o diez libros cada vez, uno y medio al día, además de revistas y periódicos, a los que estaba suscrito en gran número. Las teorías literarias que concibió Hemingway como consecuencia de esta voraz bibliofilia fueron bizarras. En 1948, cuando una huelga de los puertos en Italia le privó de suministros, señaló que por circunstancias como aquella existían los malos escritores. Los libros que a falta de otros nuevos debía releer y le aburrían constituían una categoría execrable: en ella incluyó nada menos que Santuario, de Faulkner, porque no había conseguido releerlo en un barco.

Medianoche embrujada

Peor fue el caso de la novelista inglesa Ouida (Maria Louise Ramé), «cuyas obras no soporto leer ni siquiera en algún lugar de esquí de Suiza, sin tener nada más a mano y cuando sopla el terrible viento húmedo del sur». El pánico a quedarse sin qué leer obligó a Hemingway a viajar con una verdadera biblioteca ambulante. Su chófer, Toby Bruce, indicó: «Llevamos libros donde quiera que vayamos. Si nos dirigimos al campo llevamos una maleta de buen tamaño llena solo de libros». Por el camino adquiría más volúmenes, hasta que el coche se llenaba por completo. Daba igual que se tratara de viajes de miles de kilómetros o de idas al aeropuerto: siempre adquiría libros, revistas, periódicos. De regreso a casa, Hemingway escribía por la mañana y leía por la tarde y por la noche.

En Finca Vigía (Cuba), donde se trasladó en 1939, después de la siesta volvía a la lectura, cada vez hasta más tarde: solo se detenía si cenaba con amigos. En 1950 señaló a Edmund Wilson: «Scott Fitzgerald pensaba que la medianoche estaba embrujada, pero es la mejor hora del día para leer, desde que he aceptado el insomnio y ya no me preocupan mis pecados». Más allá de estos, o quizás no tanto, Hemingway dejó un reguero de libros en diferentes lugares, la genealogía intelectual de un cazador, paralela a las piezas de animales que abatía con regularidad.

Poco se sabe de los libros de su primera juventud, pero desde que llegó a París en 1919 empezó a acumularlos: «No tenía mucho dinero, así que pedía prestados libros de la biblioteca de alquiler de Sylvia Beach en la rue de l'Odeon, un lugar delicioso con volúmenes nuevos en la ventana y fotografías en la pared de escritores famosos, vivos y muertos». En la capital francesa también se aficionó a los libros de segunda mano. En 1928 se asentó en Key West, Florida, con su segunda esposa, Pauline. Allí llevó volúmenes traídos de Europa y adquirió otros muchos en los años siguientes, en especial en la librería de Leonte Valladares, que lo recordaba años después tal y como se había presentado a comprar la primera vez, en pantalones cortos y con una cuerda a modo de cinturón. Adquiría periódicos cubanos una vez a la semana para practicar el español –que hablaba desde tiempo atrás–, además de revistas y libros por correo.

¿Qué hay de nuestros libros?

De tal modo, cuando se trasladó a Finca Vigía y vino un nuevo divorcio, los libros fueron a dar a distintos lugares: aquella casa de Key West, Sloppy Joe (el cercano bar de un amigo) y hasta a bordo del Pilar, el barco con el que partió hacia la isla. La casa de Florida fue dividida y alquilada por partes; algunos libros desaparecieron, pero a la muerte de Hemingway algunos de los que había entregado en custodia a su amigo del bar fueron rescatados «junto a algunos cadáveres de ratas y cucarachas muertas de hambre». En Cuba, un Hemingway crepuscular siguió comprando volúmenes por correo, en librerías (La moderna, en La Habana) y con intereses especiales: arte, caza, tema taurino; en inglés, francés, español e italiano.

Funcionaba como las bibliotecas de las que se había nutrido en su juventud. Mary Hemingway escribió: «La gente estaba todo el rato pidiéndonos libros prestados. Llevaba una lista de los títulos, autores y a quién se entregaban. Cuando habían pasado seis meses o un año, los llamaba por teléfono y les decía: Oye, ¿qué hay de nuestros libros?». Junto a folletos y revistas, unas nueve mil piezas continúan allí, en lo que es hoy el museo Hemingway. El lugar donde podía escribir, como señaló en cierta ocasión: «Uno vive en esta isla porque para ir a la ciudad no hace falta más que ponerse los zapatos, porque se puede tapar con papel el timbre del teléfono para evitar cualquier llamada, y porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con más comodidad que en cualquier otro sitio. Pero esto es un secreto profesional».