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Inmigración, de nuevo

Rafael Puyol [1]

Fue en una gala académica de verano. Me pidieron que hablara del envejecimiento, de sus consecuencias y de sus posibles soluciones. Insistí en que, ante todo, el fenómeno es una conquista social que ciertamente es inexorable y que no está exento de algunos inconvenientes, particularmente los que se refieren al futuro pago de las pensiones y otros gastos sociales. Les dije, que si queremos paliar el desajuste entre los que cotizan (que cada vez serán menos) y los que cobran una pensión (que cada vez serán más), es necesario incrementar las filas de los trabajadores, entre ellos con inmigrantes. El artículo periodístico que recogía mis declaraciones tuvo más de 70 comentarios, algunos favorables, pero la mayoría críticos por defender que, este país precisará en el futuro más extranjeros. En el rosario de juicios hay cuentas para todos los gustos: desde un rotundo "tienes toda la puta razón", hasta el descalificador "este señor no tiene ni zorra idea". Algunos consideran que los extranjeros han causado un deterioro incuestionable (aunque no explicado) a nuestra economía y otros juzgan que la mano de obra extranjera es una rémora para pagar las pensiones.

No descarto que me haya explicado mal, aunque llevo muchos años diciendo que la inmigración ha sido buena para la economía en el pasado y será necesaria en el futuro para amortiguar las estrecheces del mercado laboral. Pero si me he explicado bien, me preocupa que tanta gente, sin duda muchos jóvenes machacados por el mercado de trabajo, tengan una visión tan negativa de la inmigración y se conduzca con tantos prejuicios. Quizás la crisis haya hecho crecer el sentimiento de exclusión de los extranjeros y estemos en una situación de rechazo transitorio. Esa sería la mejor explicación posible, porque, insisto, en el futuro volveremos a necesitar más inmigrantes.