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Fragmento de la conferencia “Escribir: una odisea en el espacio”, leída en el Instituto Cervantes de Delhi el 17 de mayo de 2010

Blanca Riestra [1]

EL HILO ROJO

Mis relaciones con el hilo rojo comenzaron de extranjis, en 1990, cuando leí por primera vez a Raymond Carver. Creo que se trataba de ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? en edición de bolsillo. Yo por entonces tenía 20 años y escribía, pobre de mí, poesía. Frente a la desnudez de Carver, caí del guindo y me di cuenta de que estaba cazando a pedradas lo que sólo puede rodearse con requiebros.

    Desde entonces acaricio la teoría un tanto burda de que, en el mundo como en el arte, existe un hilo que atraviesa los acontecimientos, un nexo de unión imperceptible a simple vista pero que relaciona las consecuencias con las causas. Más tarde, viviendo ya en Francia, supe que los franceses utilizan una expresión que me convenía mucho: -"fil rouge" (hilo rojo)-. Desde entonces adopté esa "filiación" literaria como quien se pone unos zapatos muy cómodos.


    A lo largo de esta década, he tenido tiempo de inventarme toda una teoría al respecto y de adornarla con todo tipo de florituras. Por ejemplo: el escritor baila una especie de sardana alrededor de una rayuela invisible, rozándola con el pie descalzo, suavemente. O bien: escribir es acorralar con perros ladradores ese bicho de tiza, intuido apenas. Cosas así, un tanto inútiles pero entretenidas.

    Últimamente, he estado releyendo Las afinidades electivas del pobre Goethe. Es curioso, siempre que pienso en Goethe me lo imagino delgaducho, con unos impertinentes y una chalina, llorando como una magdalena por cualquier bobada. Pues leyendo, leyendo esta historia decimonónica de cambio de parejas, bastante divertida por cierto, me he encontrado con el origen del hilo rojo de los franceses.

Dice Goethe: "Hemos oído hablar de una costumbre particular de la marina inglesa. Todas las cuerdas de la flota real, de la más fuerte a la más delgada, están trenzadas de tal manera que un hilo rojo las atraviesa todas; no es posible desatar este hilo sin que se deshaga el conjunto y eso permite reconocer hasta el más pequeño fragmento de cuerda que pertenece a la corona".

La realidad sería, así, un gran hilván de sucesos y detalles interrelacionados cuyo dibujo se nos escapa. Creer en el hilo rojo es como creer en una especie de justicia poética, en una ley de causalidad que justifica todas las cosas, hasta las más disparatadas y peregrinas.

    La literatura sería entonces algo semejante a buscar hilvanes y rehacer bastillas. Lástima no saber coser más que botones.