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Una televisión sin anuncios

Rafael Puyol [1]

Veo poco la televisión. De hecho mi menú se reduce a los informativos, algunos partidos de fútbol y determinadas pelis de la sobremesa nocturna que el cansancio de la jornada casi nunca me permite ver completas. Es decir, no soy un teleadicto y por lo tanto no tengo suficiente dedicación para ser un crítico reconocido de la caja tonta. Probablemente por tradición y cierto sentido del estado veía sobre todo la televisión española, la que se ofrecía en la etapa de los anuncios. Pero ahora que éstos se han ido a la privada, me estoy convirtiendo en un desafecto de la cosa pública. Me explico. Empezaré diciendo que no estoy en contra de la suspensión de la publicidad en las públicas. Me parece bien. Lo que no juzgo tan positivo son las respuestas y las alternativas al cambio. Por ejemplo, la duración que tienen los telediarios de la Uno. El ciudadano quiere una información precisa, veraz, objetiva, sintética y compuesta de noticias que tengan verdadero alcance. Yo creo que los telediarios de la primera se están alejando de este modelo debido a una duración innecesariamente larga que incorpora noticias de segunda fila de dudoso interés. Creo que deberían programarse informativos más ligeros de equipaje, sin ese bagaje de noticias morbosas, tan tristes como superfluas para una buena información de los ciudadanos.

 

Y qué me dicen de las noticias de auto-información del propio ente y de su publicidad institucional. Otra pesadez que demanda corrección. Es como si faltaran ideas para cubrir los espacios que han quedado vacantes, con cosas nuevas y útiles. Uno agradece que en los cortes de las películas no se acumulen 3.000 anuncios seguidos. Pero las alternativas son manifiestamente mejorables. Como sigamos así volverán los nostálgicos de la publicidad del detergente, las pastillas para el flato o los remedios de incontinencia de orina. Ya lo verán.