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Los príncipes de Asturias

Rafael Puyol [1]

Un año más, en pocos días, se celebrará en Oviedo la entrega de los Premios Príncipe de Asturias 2009. Como en ediciones anteriores los premiados son importantes personalidades del mundo de las ciencias, las humanidades, la investigación, el deporte, la cooperación y la concordia. Y una vez más la ocasión es propicia para recordar la transcendencia y el reconocimiento que estos galardones tiene. Lo decía hace pocas fechas The New York Times al definir los premios como una de las distinciones más "codiciadas" en ese complejo mundo de los reconocimientos internacionales. Y es precisamente este carácter, su vocación de premiar la excelencia a escala global lo que ha situado a "los príncipes de Asturias" en el cuadro de honor de las distribuciones más prestigiosas.

 

Seguramente no fue fácil el salto hacia fuera que hubo que dar para transformar uno premios que nacieron con la vocación legítima de reconocer prioritariamente el mérito interno. Así se hizo en los primeros tiempos de vida de estos galardones que su supusieron distinguir la obra y la vida de algunos de nuestros más preciados científicos o creadores. Pero hoy nada puede ser sólo nacional y menos el reconocimiento de la superior calidad de quienes son capaces de innovar o revolucionar las artes o el conocimiento.

 

Es éste un mérito que hay que atribuir a los sucesivos presidentes que ha tenido la Fundación, a su Director, nuestro entrañable Chano, que ha sido un impulsor directo del salto cualitativo y cuantitativo que han tenido los Premios, y por supuesto al propio Príncipe que ha sabido distinguir e impulsar el camino correcto.

 

No somos desgraciadamente un país donde prime la dimensión internacional de las cosas. No la tienen en demasía nuestras universidades, nuestra Ciencia o nuestra Cultura. Por ello, quién sitúa en el horizonte de iniciación, universalizar sus propósitos, debe ser reconocido.