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El cochecito

Rafael Puyol [1]

Hacia 1960 el economista americano Gari Becker formuló su famosa teoría de la demanda en la que los hijos son considerados bienes de consumo cuya adquisición exige de los padres tiempo y dinero.

Es verdad que los hijos cuestan ahora más que nunca. Una simple prueba de ello es el precio de los cochecitos que ahora se utilizan para transportar o pasear a los infantes.

Son piezas de precisión cuyo manejo es lo más parecido al de una estación espacial. Tienen mil palancas, mil posiciones para cosas innecesarias, mil complementos y un precio astronómico. Mi hijo Alfonso me decía "si no tienes de éstos no eres nadie". "Mira: con un dedo lo giro 360 grados". Pensé que para que quería girarlo 360 grados hasta que mi di cuenta de que un movimiento rápido circular podía ayudar a centrifugar al niño en caso de humedades molestas. Estos cochecitos tienen casi de todo, pero aún son perfeccionables. Por ejemplo, podrían añadírsele una capota insonorizada para cuando el niño da el coñazo, con una pequeña redecilla, modelo burka afgano, para que la criatura pueda respirar; incorporar una opción para que el retoño eche el aire, tras la ingesta de la papilla, o una visera eléctrica para rizar al retoño cuando duerme sin llegar a gratinarle. Quizás quepa añadirles otras sofisticaciones para mecanizar cuidados que ahora se hacen a mano, pero todo se andará. Como se anduvo el camino desde aquellas sillitas calculadas para los utilitarios que permitían, si el niño no cogía una irreparable escoliosis, que crecieran sanos, fuertes y erguidos.

Ahora lo hacen entre algodones con chupete anatómicos, sonajeros con tonadillas de la Pantoja, vajillas de Limoges para bebés y otras lindezas. ¿Cómo vamos a tener más niños si uno sólo cuesta como una hipoteca?

Al final va a tener razón Gari Becker: la fuerte inversión que generan los hijos nos puede llevar a considerarlos a ellos mismos como simples bienes de consumo.