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Contra Larsson

Blanca Riestra [1]

Desde hace bastantes meses me ocurre algo: en el metro, me vuelva hacia donde me vuelva, siempre encuentro, al acecho, un lector o lectora de Stieg Larsson, absorto y entregado.

Larsson se vende como churros, y, no sólo eso, parece ser devorado por sus compradores con entrega irreprochable y satisfacción absoluta. Yo misma, confieso haberlo leído de un tirón, en horas bajas, sumida en un estado similar al que me producía la lectura de Enid Blyton a los diez años. Casi había olvidado esa extraña manera de leer frenética.

Larsson funciona y se lee bien. Famosos y políticos, también escritores, han realizado declaraciones públicas en las que, o bien se declaran enemigos de "Millenium", por extrañas razones morales (Donna Leon), cosa que no entiendo, o bien se declaran admirativos de la grandeza de su obra, en virtud de su capacidad fabuladora o, también, por razones morales peregrinas. El último ha sido Vargas Llosa en las páginas de El País. Dice:

Como todas las grandes historias de justicieros que pueblan la literatura, esta trilogía nos conforta secretamente haciéndonos pensar que tal vez no todo esté perdido en este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó, porque, acaso, allá, entre la "muchedumbre municipal y espesa", haya todavía algunos quijotes modernos, que, inconspicuos o disfrazados de fantoches, otean su entorno con ojos inquisitivos y el alma en un puño, en pos de víctimas a las que vengar, daños que reparar y malvados que castigar. ¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!

Llevo un tiempo intentando poner orden a mis pensamientos al respecto. Aquí ocurre algo que colisiona de pleno con mi manera de entender la Literatura. Y es que, me van a disculpar, pero Literatura no es todo lo que se escribe, aunque así nos lo quieran hacer creer no se sabe desde donde. Literatura no es algo divertido, ni siquiera algo poderosamente divertido, no es algo que defienda valores cívicos -condene la corrupción, o defienda a las mujeres del machismo reinante-. O al menos no sólo eso: esos no son valores literarios.

La Literatura es otra cosa, pero todo el mundo parece haberlo olvidado. En Literatura, el lenguaje funciona de manera literal y, al mismo tiempo, en todos los sentidos, como decía Rimbaud. Literatura es el reino de la ambigüedad, un terreno franco donde no hay buenos ni malos, ni siquiera malos-buenos, la Literatura, como el arte, es un terreno completa y absolutamente amoral. En la verdadera Literatura, o al menos en la que a mí me interesa, se elide lo que importa y uno presiente un fondo innominado. Literatura es el terreno de lo horrible y de lo sagrado. El lenguaje literario es capaz de hablarnos de una cosa, con palabras de todos los días y conseguir que, de pronto, esas palabras se conviertan en misiles: es capaz de hablarnos de una cosa y al mismo tiempo revelarnos otras mil, sin mencionarlas.

La Literatura -también las buenas novelas, qué demonios- es prima hermana de las letanías a la virgen, de los cantos rituales de las tribus primitivas, de los mantras hindúes y de las buenas canciones de rock. El lenguaje en Literatura está puesto en ebullición, las palabras en literatura son como pedernales que se entrechocan y producen chispas, Breton dixit. Materia ardiente. Eso es literatura.

Nada de eso se da en la trilogía Millenium. Y tampoco pasa nada. No creo que a Larsson le importase lo más mínimo.