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Juventud árabe: religiosidad, sexualidad, oportunidades y percepciones (*) Parte 2

Haizam Amirah Fernández [1]

Investigador principal para el Mediterráneo y Mundo Árabe del Real Instituto Elcano, y profesor de Estudios Árabes y Relaciones Internacionales (IE School of Arts and Humanities)

 

Este artículo se publicó originalmente en la revista Culturas, no. 2 (monográfico sobre la juventud en el mundo árabe), septiembre 2008. El autor agradece a la Fundación Tres Culturas, con sede en Sevilla, la autorización para reproducirlo aquí.

 

Religión, religiosidad y radicalismo

La religiosidad o el sentimiento religioso no necesariamente tiene que estar ligada a un conocimiento profundo de una religión concreta. La religiosidad puede llegar de forma casi repentina como consecuencia de determinadas situaciones personales, de las tendencias en el entorno social o de la acción de factores catalizadores, como puede ser un portador carismático de un mensaje religioso. La religiosidad, entendida y practicada de una forma dogmática y restrictiva, suele estar reñida con los valores humanistas que se pueden encontrar en cualquier religión. En lo que respecta a los jóvenes árabes, resulta complicado medir su grado de religiosidad por distintos motivos. Por un lado, las realidades nacionales son diferentes de un país a otro e influyen mucho en las actitudes y preferencias de los jóvenes. Por otro, los datos sobre la observancia religiosa de esos jóvenes –en su inmensa mayoría musulmanes, pero también de las minorías cristianas– son muy escasos. Los regímenes de la región –autoritarios y clientelares todos ellos, cada uno a su manera– no tienen interés en darle voz a esa juventud, pues es una posible fuerza de cambio demasiado poderosa como para hacerle ver que sus opiniones cuentan y que tiene la capacidad de transformar el sistema.

Por motivos obvios, existe un gran interés en torno al radicalismo religioso entre los jóvenes árabes. Sin embargo, en la mayoría absoluta de los casos, éste no es violento, pero sí puede convertirse en un paso previo para quienes quieran hacer uso de la violencia en nombre de la religión para cambiar su entorno. De hecho, muchos musulmanes que se consideran religiosos rechazan de lleno los planteamientos radicales de otros que también dicen ser religiosos. Aunque con frecuencia resulte invisible para muchos occidentales, existe un choque dentro de las propias sociedades árabo-islámicas entre formas de entender la vida, sean religiosas o no, muy distintas entre sí. Esa realidad rebate por sí sola la simplista y homogeneizadora teoría del choque de civilizaciones. Del mismo modo que existen los "born again Christians" (cristianos nacidos de nuevo), también existen los "born again Muslims" que demonizan a la "sociedad consumista y corrupta" porque sus integrantes "se han olvidado de Dios". Como bien explica Olivier Roy en su libro El islam mundializado (Ediciones Bellaterra, 2003), ambos fenómenos son un subproducto de la modernidad cuando ésta se mezcla con el descontento social y la desculturización.

Es evidente que entre ciertos sectores radicales islámicos –como también evangelistas y puritanos anglosajones– existe un odio hacia las formas de vida occidentales. Sin embargo, y al contrario de lo que pregonan aquellos que atribuyen las acciones violentas de los islamistas radicales a ese sentimiento de odio hacia Occidente, esos mismos radicales antes de convertirse en tales han tenido que sentir rechazo y desprecio por las formas de vida de sus propias sociedades árabes e islámicas.

El discurso religioso oficial (a cargo de religiosos a sueldos del Estado) le resulta a algunos superficial y adulterado, lo que da lugar, entre otras cosas, a la aparición de corrientes y grupos religiosos relativamente más creíbles, que calan con facilidad entre los jóvenes. El estricto control social, en forma de obligado respeto a las costumbres y tradiciones que se presentan como emanadas de la religión, tiene un efecto coercitivo para la libertad y la capacidad imaginativa de los jóvenes. La tensión entre lo que se debe hacer y lo que se desea hacer produce actitudes y reacciones contradictorias entre sí y no alejadas de la esquizofrenia, sobre todo en temas como la sexualidad, los hábitos de ocio, el consumo de alcohol y estupefacientes, etc.