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La España del 2018

Rafael Puyol [1]

Los demógrafos no dominan, desgraciadamente, los secretos de la cromniomancia, esa práctica de adivinación a través de la bola de cristal. Tampoco poseen un espejo mágico, como el de la madrastra de Blancanieves, capaz de ofrecerles vislumbres seguros sobre la realidad de las cosas. No diré que son como los hombres del tiempo, últimamente un tanto desorientados, porque éstos se tienen que enfrentar en sus predicciones a los riesgos de volatilidad del corto plazo y los expertos en población tratan de otear el futuro con mayor perspectiva.

Es lo que hace nuestro Instituto Nacional de Estadística que acaba de decirnos como seremos en el 2018. Las líneas maestras de su proyección resultan bien claras. El primer dato es que vamos a seguir creciendo, aunque a un ritmo más modesto. Los 45 millones de hoy se convertirán en 49 al final del pronóstico.

Ese crecimiento sostenido, pero desacelerado, obedece al juego de tres factores. Quizás estamos en el año con mayor número de nacimientos. Después las cigüeñas van a tener menos trabajo debido a que habrá menos mujeres en edad de procrear. Por el contrario, la muerte va a salir al encuentro de más personas debido a que somos más viejos y los mayores se mueren más. Menos nacimientos y más defunciones producen balances “naturales” crecientemente exiguos. Sin embargo, la causa principal de la desaceleración hay que achacarla al (probable) descenso de la inmigración, hasta ahora el factor decisivo de nuestro reciente mini “boom” demográfico. Esa circunstancia provocará un frenazo temporal del crecimiento, aunque todo apunta a que después, cuando la crisis haga sus maletas, la inmigración vuelva a crecer.

En general, los cambios probables son ante todo de intensidad. Pero hay dos circunstancias en este panorama que aunque fueran previsibles, son de especial relevancia. La primera es la nueva caída de la natalidad que a la larga provocará la existencia de menos jóvenes. Y la segunda la intensificación del número de viejos porque habrá más personas de 65 años que cumplan muchos más en un marco de prolongación de la esperanza de vida. Este sí va a ser un país de viejos, muchos de los cuales no podrán ejercer su presunta condición de abuelos porque no habrá nietos para todos.