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La invasión de Gaza: implicaciones más allá de los cálculos políticos (ARI)

Haizam Amirah Fernández [1]

Investigador principal para el Mediterráneo y Mundo Árabe, Real Instituto Elcano

Profesor de Estudios Árabes y Relaciones Internacionales

IE School of Arts and Humanities

 

ARI 11/2009 – 15/01/2009

Tema: Los ataques a gran escala iniciados por Israel contra la franja de Gaza el 27 de diciembre de 2008 son una consecuencia de los cálculos políticos de las partes enfrentadas, así como de potencias internacionales y países vecinos, en ausencia de una perspectiva real de paz. La historia se repite, como se pueden repetir los errores de cálculo del pasado.

Resumen: El ataque israelí contra Gaza se inició porque, de una forma u otra, interesaba que ocurriera a casi todos los estrategas de los bandos enfrentados y de las potencias y vecinos con capacidad de influir en ellos. No obstante, la dimensión del ataque está alterando algunos cálculos hechos inicialmente. Las poblaciones civiles, una vez más, han sido arrastradas al enfrentamiento en condiciones de miseria y desesperanza (la palestina) y de inseguridad y militarismo desbocado (la israelí). El momento elegido responde al oportunismo político de los dirigentes israelíes que se presentan a las elecciones legislativas del 10 de febrero, y que han aprovechado la etapa de transición en EEUU antes de la llegada a la Casa Blanca del nuevo presidente, Barack Obama, el 20 de enero. Sin embargo, el desmedido uso de la fuerza por parte de Israel y la enorme destrucción de vidas y bienes difícilmente aproximarán la paz, y sus consecuencias destructivas pueden seguir desestabilizando Oriente Medio durante mucho tiempo.

Análisis: Israel desea darle una lección contundente a Hamás desde hace tiempo, y al revés. Una diferencia importante es que Hamás no contribuyó a la creación de Israel, pero sí a la inversa. Muchos vecinos y potencias internacionales, cada uno a partir de sus propios cálculos, han dado su apoyo activo o tácito al intento israelí de anular a Hamás iniciado hace años. Los regímenes árabes no quieren que un gobierno islamista elegido democráticamente sirva de ejemplo para sus propios islamistas. Ningún éxito de Hamás podía ser tolerado, ni en el campo de batalla ni como gestor de asuntos públicos. EEUU, al igual que Israel, prefiere seguir negociando con los líderes de Fatah, más dóciles, a pesar de que muchos palestinos desaprueben su gestión. Europa no tiene una única voz, pero aquellas que se llegan a oír comulgan con esa visión. Los más optimistas creen que, desalojando a Hamás del poder en Gaza, los territorios palestinos volverán a ser controlados por Fatah, lo que permitirá un acuerdo final basado en la fórmula de dos Estados con el próximo Gobierno israelí. Según ese razonamiento, Hamás habría sido una anomalía –aunque democráticamente elegida– de tres años, que acabaría por disiparse porque la población palestina le daría la espalda por haber atraído tanta destrucción, aunque fuera a manos del ejército israelí. Por su parte, los máximos líderes de la Autoridad Palestina, encabezada por Fatah, han querido creer –más en los primeros momentos– que la situación les beneficia porque Israel dice que combate a Hamás para fortalecerlos a ellos y ayudar así a los palestinos.

Hamás, por su parte, consideró que la falta de perspectivas para acabar con el bloqueo férreo ejercido por Israel contra Gaza y su población, así como para salir del aislamiento internacional al que está sometida desde su victoria en las elecciones legislativas palestinas de enero de 2006 requerían romper el statu quo. Al provocar una reacción de Israel, Hamás buscaba atraer la atención del resto del mundo hacia la situación en Gaza, dando por hecho que el precio que pagarían los palestinos sería muy alto. Lo que más simpatías le reporta a Hamás en el entorno árabe y musulmán es su condición de “resistencia nacionalista” a la ocupación y al asedio que Israel ejerce sobre la población palestina. El cálculo era simple, a falta de incentivos en el sentido contrario: cuanto más pudiera demostrar ese carácter de resistencia, más legitimidad y apoyos acabaría recibiendo.

El problema es que el statu quo regional se podría romper precisamente a causa de la invasión israelí de Gaza a sangre y fuego. En los cálculos políticos de los dirigentes israelíes no parecen haber pesado mucho los efectos desestabilizadores que su política de “ojos por diente” está teniendo en su entorno geopolítico. Es más, se han lanzado a una invasión en la que no pueden obtener una victoria militar, como no la hubo en la guerra con Hezbolá en verano de 2006, puesto que, en la lógica de la resistencia, una no derrota ya es una victoria.

Momento elegido y motivos de la invasión

El momento elegido para lanzar la operación militar israelí por aire, tierra y mar contra Gaza responde al oportunismo político de los dirigentes israelíes que se presentan a las elecciones legislativas del próximo 10 de febrero. Todos compiten por presentarse ante su opinión pública como los que acabarán con el “terrorismo palestino” y recuperarán para Israel su hegemonía y capacidad de disuasión, cuestionada tras la guerra con Hezbolá en verano de 2006. La decisión tomada por el primer ministro israelí Ehud Olmert, debilitado por sus errores estratégicos y por acusaciones de corrupción, tenía como uno de sus objetivos mejorar las opciones electorales de los partidos que forman su coalición de gobierno. Mientras las encuestas parecían favorecer la victoria del archi-halcón Benjamín Netanyahu, una “operación de castigo” contra Hamás traería réditos políticos para sus artífices, al menos a corto plazo. Las encuestas tras las primeras semanas de ataques lo han venido a confirmar, aunque ese apoyo puede cambiar si no llegan los resultados prometidos pronto. Por un lado, la candidata del partido Kadima y actual ministra de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, quería demostrar que tiene agallas para declarar una guerra, con el fin de quitarle votos a los partidos más inclinados por las soluciones bélicas, especialmente el Likud de Netanyahu, cuyas posibilidades de ascenso son altas. Por su parte, Ehud Barak, líder del Partido Laborista y actual ministro de Defensa, pretende con la guerra evitar un descalabro del laborismo como pronosticaban algunas encuestas.

Además del apoyo masivo del electorado israelí, los dirigentes israelíes buscaban el respaldo incondicional del presidente estadounidense saliente, George W. Bush, aprovechando que EEUU pasa por un momento de semi parálisis mientras se produce la transición de poder con la llegada a la Casa Blanca del nuevo presidente, Barack Obama, el 20 de enero. A pesar de que no haya ningún indicio para creer que Obama vaya a llevar a cabo una política rupturista en Oriente Medio, los dirigentes israelíes han optado por anticiparse a su llegada y plantearle una situación de hechos consumados en la que se reduzca su margen de maniobra. Aun así, podría ocurrir que, debido a la gravedad de la situación provocada con la invasión de Gaza, Obama acabe por dedicar mucha más atención al conflicto de Oriente Medio de la que le gustaría a Israel. La desvinculación de la Administración de George W. Bush –cuyas posiciones han sido las más favorables a las políticas de Israel de la historia de EEUU– de cualquier intento creíble y coherente para alcanzar la paz en Oriente Medio ha dejado un vacío cuyos efectos desestabilizadores se están dejando notar en toda la región. Algunos países, como Irán, Arabia Saudí y Turquía, tratan de llenar ese vacío para garantizar sus intereses estratégicos. Mientras el resto de potencias, incluidas las europeas, muestran una falta de capacidad de reacción política ante los acontecimientos graves que sacuden la región, los movimientos revisionistas como Hezbolá y Hamás adquieren un papel más prominente y canalizan parte de la desesperanza de las poblaciones.

Consecuencias de la invasión

Si la preocupación real de Israel hubiese sido la caída de cohetes palestinos en poblaciones israelíes vecinas (preocupación comprensible por otro lado), ¿acaso no se podría haber limitado a cortar el flujo de armas a través de los túneles que conectan Gaza con el Sinaí? No parece imposible controlar poco más de 10 kilómetros de frontera, ni parece que exista una incapacidad técnica para semejante colaboración israelo-egipcia. ¿No habría habido otra forma de afrontar los retos que plantea Hamás y su escasa capacidad de hacer daño real a Israel sin necesidad de masacrar centenares de vidas humanas, de generar miseria y causar tanta destrucción en Gaza? Sin duda, se podría haber intentado levantar el bloqueo impuesto por Israel contra la franja y su población, como parte de un acuerdo más amplio que garantizara la seguridad humana de los civiles a ambos lados. Si la voluntad de Israel y otros países era desacreditar a Hamás ante la población, ¿no habría sido más efectivo permitir que la Autoridad Palestina diera un ejemplo de autogestión y buen gobierno en Cisjordania, en lugar de torpedearla, ejemplo que fuera visto por los palestinos como el modelo que todos desearían tener?

A lo largo de la historia de los conflictos israelo-árabes, la violencia ha sido el mejor caldo de cultivo para los extremismos. La indignación por la invasión de Gaza y por las tibias reacciones internacionales está afectando al conjunto de las sociedades árabes, y no sólo a los sectores religiosos, como demuestran las numerosas manifestaciones y expresiones de rechazo a las que también se suman autoridades cristianas locales. Puede que el malestar generalizado quede una vez más en unas cuantas manifestaciones contra Israel y EEUU, pero también puede que se esté produciendo un cambio de fondo y que ese malestar se vuelva contra los regímenes árabes que son vistos como cómplices de Israel. Concretamente, el régimen de Egipto –el país árabe más poblado– está siendo objeto de incesantes acusaciones por parte de muchos de sus ciudadanos y en otros países porque lo considera un cómplice necesario en la agresión contra Gaza, y también por dificultar la llegada de ayuda humanitaria a la población de Gaza que sufre las consecuencias del ataque israelí. En ese sentido, resulta inaudito que se estén produciendo manifestaciones en distintas capitales árabes –y en otras partes del mundo– ante las embajadas de Egipto, país que no goza precisamente de una paz social y buenas relaciones entre el régimen y la sociedad. De iniciarse una dinámica desestabilizadora en países árabes aliados de las potencias occidentales, y si esta llega a cuajar aunque sea de forma parcial, entonces habrá un problema grave más que añadir a los que la comunidad internacional ha sido incapaz de resolver o que ha permitido aparecer por su pasividad.

Con sus acciones desmedidas, Israel está sometiendo a los regímenes árabes “moderados” a una creciente presión interna, por lo que podrían verse forzados a endurecer sus posturas para garantizar su supervivencia, primero de cara a su población, pero tal vez también con respecto a Israel. De hecho, Turquía, país socio de Israel en numerosos proyectos y mediador entre Israel y Siria, ha responsabilizado al Estado hebreo de haber llegado a esta situación. Por su parte, el rey Abdalá II de Jordania incluso ha llegado a alertar sobre una conjura contra el pueblo palestino,[1] partiendo de que la situación actual puede tener efectos desestabilizadores para su país y perjudicar sus intereses nacionales. No hay que infravalorar el efecto que las imágenes de extrema dureza que aparecen en las televisiones árabes vía satélite –e incluso en medios de comunicación occidentales y por vía electrónica– tienen sobre las opiniones públicas, así como las acusaciones de organizaciones internacionales de que Israel está cometiendo crímenes de guerra. Cada día que pasa sin que nadie imponga un final al sufrimiento que vive la población de Gaza y devuelva una esperanza de paz justa es un paso más en la distancia emocional que separa a personas que proceden de regiones, culturas y religiones distintas.

Las posiciones acríticas por parte de las grandes potencias ante los recientes ataques de Israel no le hace ningún favor a largo plazo, pues sin negociar y aceptar concesiones no conseguirá la coexistencia pacífica con sus vecinos, ni tampoco da esperanzas a quienes hoy no las tienen. En ausencia de cualquier esfuerzo estadounidense de pacificación, la UE ha lanzado varias iniciativas, con aparente escasa coordinación, para favorecer una tregua entre Israel y Hamás. Sin embargo, y pesar de las numerosas visitas de delegaciones oficiales, no ha habido resultados rápidos, ni se ha parado el sufrimiento que padece la población de Gaza. Una consecuencia de esas posiciones es la creciente derechización de la sociedad israelí y de sus dirigentes, que se aferran a posiciones maximalistas (tener a la vez los territorios, la seguridad y el reconocimiento de los vecinos). En esa línea va el sorprendente argumento empleado por el escritor israelí Abraham B. Yehoshúa, según el cual “la capacidad de sufrimiento de los palestinos es mucho mayor y eso les hace más fuertes. Por eso nuestra respuesta tiene que ser mucho mayor […] Cerramos los pasos fronterizos, cortamos la electricidad y eso no les hizo pensar en parar los disparos”.[2]Esa lógica de deshumanizar al conjunto de la población palestina –que, llevada a un extremo, justificaría prácticas terribles como el actual uso de fósforo blanco, que abrasa a los tejidos vivos, en zonas pobladas, lo que recuerda a momentos atroces del siglo XX– no hace más que reforzar la actitud de resistencia entre los palestinos, lo que, a su vez, hará perdurar la sensación de inseguridad de los israelíes.

Terroristas de hoy, ¿negociadores de mañana?

Con el fin de justificar sus ataques a gran escala contra Gaza, los líderes israelíes arguyen que la suya es una guerra contra el terrorismo. Ya se sabe que la ocupación lleva al débil a emplear métodos que el fuerte cataloga de terroristas, y que éstos son utilizados por el ocupante como justificación para ejercer una represión aun mayor contra el que se resiste. Así se cierra el círculo vicioso del que es muy difícil escapar, sobre todo cuando la asimetría de fuerzas es aplastante. No hay nada nuevo en eso, y la historia está llena de ejemplos. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ya fue tildada de terrorista por Israel y otros, hasta que resultó útil negociar con sus líderes. Mientras la OLP se replanteaba sus posturas maximalistas y declaraba que ya no quería destruir al Estado de Israel, éste favorecía la creación del Movimiento de la Resistencia Islámica (cuyo acrónimo en árabe es Hamás, que significa “entusiasmo” o “fervor”) con el fin de que sirviera como contrapeso al liderazgo ejercido por Yasir Arafat. Tras la muerte de éste, y en ausencia de los dividendos de la paz que se le había prometido a los palestinos, estos optaron por castigar a Fatah y votar por la mejor organizada y percibida como menos corrupta Hamás, cuya participación en las elecciones fue permitida y alentada por las grandes potencias.

Israel trata de convencer al mundo de que Hamás es el principal escollo para alcanzar la paz en Oriente Medio, por lo que ha de ser anulado como fuerza política, aunque con el paso del tiempo pueda volver a ser útil recurrir a ella si hay un cambio de estrategia. Seguramente, la adscripción religiosa de Hamás es lo que más antipatías le genera entre los líderes árabes y occidentales. Para los primeros, porque el islam político es el mayor desafío a sus regímenes autoritarios. Para los segundos, porque podría convertirse en una fuerza revisionista que alterara los equilibrios de fuerza y el statu quo en todo Oriente Medio. Las justificaciones más extremas llegan a equiparar a Hamás con al-Qaeda, a pesar de que sus objetivos son muy diferentes. De hecho, el número dos de al-Qaeda, Ayman al-Zawahiri, criticó duramente a Hamás por anunciar que estaría dispuesto a firmar la paz con Israel y establecer un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967.[3]Esta posición ha sido repetida en más de una ocasión por líderes de Hamás.[4]

Al tachar a Hamás de terrorista (los palestinos que sobreviven bajo los bombardeos israelíes, noche y día, también dicen sentirse aterrorizados), Israel se ha blindado de cualquier condena efectiva de los dirigentes de las grandes potencias. A pesar de que durante la tahdea (período de calma) de seis meses las bajas palestinas se contaron por decenas, la reanudación del lanzamiento de cohetes –de mayor capacidad aterradora que letal– por parte de Hamás fue la excusa que Israel necesitaba para lanzar su largamente planificada operación Plomo Fundido sobre la hiperpoblada y empobrecida franja de Gaza, pero también fue la trampa en la que cayó. Los dirigentes israelíes podrán debilitar a Hamás y aumentar la sensación de seguridad de sus ciudadanos a corto plazo, pero es inevitable que esa situación sea temporal. En ausencia de una victoria militar definitiva, Israel se vería abocado, de alguna manera, a negociar con uno de sus enemigos más acérrimos, como ya lo hiciera con otros anteriormente. Si la historia se repite –y nada asegura que no vaya a ser así– con el tiempo es probable que Israel se siente a negociar con Hamás o con otros grupos palestinos a los que ahora considera terroristas. En ese momento cabrá preguntarse para qué habrá servido tanto sufrimiento y destrucción en Gaza, que ha dejado decenas de miles de familiares directos y amigos de los más de 1.000 muertos y 5.000 heridos que los ataques israelíes han producido hasta el momento.

Conclusiones: Israel sigue creyendo en las soluciones militares para resolver sus dilemas de seguridad, como demuestra que haya vuelto a invadir la franja de Gaza que desalojó formalmente en 2005, pero cuya población ha mantenido asediada desde entonces. Durante 60 años, Israel no ha cesado de emplear la fuerza, de una forma u otra, contra la población palestina. Sus defensores han argumentado siempre que la utilización del poder militar está justificada pues se trata de una lucha contra el “terrorismo palestino”. Sus detractores consideran que esa violencia carece de legitimidad mientras Israel no ponga fin a su ocupación y colonización de los territorios palestinos. Más allá de estas posiciones enfrentadas, hay que preguntarse si el empleo de la fuerza bruta ha alcanzado sus objetivos en todo ese tiempo. La respuesta es un contundente no. La política de “castigos colectivos”, “represalias masivas” y “operaciones quirúrgicas” han sido incapaces de proporcionar a los ciudadanos israelíes la seguridad que reclaman, ni de garantizar a Israel su aceptación como un país normal en su entorno geoestratégico. La actual invasión de Gaza así lo demuestra. Es más, los daños que Israel ha podido causar a las distintas facciones palestinas siempre han sido temporales. Por más que haya motivos para criticar a Hamás y algunas de sus decisiones, el uso que Israel hace de la fuerza no le da legitimidad moral, sino todo lo contrario, lo que hace que la imagen internacional del país se siga deteriorando y aumente la tensión con los países vecinos.

Desde hace décadas, las partes enfrentadas en el conflicto de Oriente Medio se dan lecciones unas a otras, pero no aprenden de sus propios fallos. Los palestinos no han sido capaces de emplear estrategias más eficaces para ganarse el apoyo internacional, como podría ser la desobediencia civil contra la ocupación israelí. No sólo eso, sino que además han perdido muchas simpatías debido a la división interna y al estado próximo a la guerra civil entre sus principales facciones políticas y armadas.

Una vez que se alcance el alto el fuego en Gaza y el presidente Obama llegue al poder, la comunidad internacional no debería permitirse el lujo de seguir tan desvinculada de un proceso de paz creíble en Oriente Medio. La Iniciativa de Paz Árabe, por la que todos los países miembros de la Liga de los Estados Árabes ofrecieron en la cumbre celebrada en Beirut en 2002 el pleno reconocimiento de Israel a cambio de una retirada también plena de los territorios ocupados, debería servir como base para ofrecer a la región y a sus habitantes un futuro mejor que el que le espera por el camino actual.

Haizam Amirah Fernández

Investigador principal para el Mediterráneo y Mundo Árabe, Real Instituto Elcano