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La Vanguardia a Caballo

Blanca Riestra [1]

No soy una buena espectadora de imágenes, no sabría explicarles por qué. Y es que todos somos sensibles a un tipo de código más que a otro, y yo veo – extrañamente, en este mundo donde todo es cada vez más visual- las imágenes en palabras, como los ciegos. Sin embargo, hoy me voy a desmelenar y les recomiendo que visiten la exposición del Thyssen y de la Fundación Caja Madrid, ¡ 1914!, La vanguardia y la gran guerra: para mí, una de las más hermosas –por literarias- que he visto en los últimos meses.

Este conjunto de piezas – Schiele, Dix, Kandinsky, Leger, Klee, Grosz, Chagall, entre otros- extremadamente atormentadas, tocadas por la atracción del abismo, nos hablan sobre la fascinación que la destrucción ejerce sobre el alma humana, y por ende sobre los pueblos, de la guerra como triunfo de lo dionisiaco, de lo irracional, como suicidio colectivo… Mucho hay también de llanto por el género humano, de anuncio de una "apocalipsis de nuestro tiempo". El cataclismo que sacudió el arte y la literatura de entreguerras introduce con brutalidad las grandes preguntas intestinas que recorrerán el siglo XX –uno de los más funestos de la historia- de parte a parte, y que han inaugurado el siglo XXI. La última gran revolución de los paradigmas sucedió entonces. Y, que me perdone la posmodernidad, pero aún seguimos viviendo los coletazos de los ismos, (si acaso estén muriendo que no lo creo). Como prueba de su persistencia, de vez en cuando, algún joven artista o escritor parece reinventar maneras de saturar las formas, de deconstruir las historias, sin darse cuenta de que esto ya lo hicieron antes otros. Y mejor.

Si algo sobrevuela todas estas obras, agrupadas bajo epígrafes tan hermosos como "el oscurecimiento del mundo" o "vórtice destructor" es una manera de pasión apabullante. La guerra lo impregna todo, la mística de la violencia. Y cómo hemos cambiado tan poco, todo ello sigue hablándonos a nosotros, increpándonos muy de cerca, seduciéndonos.

En el fondo la gran cuestión sigue siendo si el mundo es un gran tablero de ajedrez o sólo un gran cuadro abstracto. Monismo versus dualismo, si me permiten. ¡Pero qué belleza los caligramas de Apollinaire garabateados en sus cuadernos de trinchera: aquel poema del 9 de febrero de 1915, dedicado a Lou, donde cerezas y sombreros dialogan con el circular anillo de Júpiter!