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El sueño, el despertar, y la siestecita

Miguel Herrero de Jáuregui [1]

Obama Cuentan que cuando Alejandro llegó a los confines de la India, encontró unos sacerdotes que le salieron al encuentro con polvo que arrojaban y pisoteaban. Con ello querían decir que con todo su poder, el rey del universo era, como todos, mortal. Y poco después Alejandro murió y su gran imperio fue repartido. También, cuando los generales romanos entraban en triunfo por las calles de Roma, el esclavo que sujetaba su corona le susurraba “memento mori”: recuerda que eres mortal. Porque era muy fácil dejarse llevar por la ensoñación y creerse un dios inmortal.

Hoy se elige un nuevo presidente en los EEUU y a su proclamación seguirán los festejos propios del momento. Con toda probabilidad va a vencer (sobre todo gracias al apoyo inteligente de gente de bien como Rolf y Felicia) un tipo sobradamente preparado, Barack Obama, que habla muy bien y a la vez mantiene una encomiable sobriedad y desdén por la gesticulación. Pero su triunfo irá a acompañado de tal ola de entusiasmo que es previsible una catarata de aclamaciones que rayarán en la apoteosis. Así que a sus entusiastas seguidores no les vendrá mal el recordatorio de los fakires a Alejandro. Porque es seguro que en 8 años de presidencia algunos errores cometerá, esperemos que pocos, y porque algunos aciertos se verán sólo a largo plazo. Desgraciadamente, los entusiasmos irracionales se tornan pronto en odios igualmente irracionales. Como en algunos pueblos apedreaban al santo tras sacarlo en procesión varios días sin que consiguiera hacer llover. De los sueños siempre se despierta, y cuanto más profundo es éste, más abrupto es el despertar. En cambio, si sabemos que gobierna simplemente un mortal competente, estaremos todos mucho más tranquilos, y se le podrá elogiar y criticar según la ocasión. Y si después, además, resulta ser un genio, mejor que mejor, miel sobre hojuelas, requetebién.

Digo que seguramente cometerá errores porque hasta los más grandes se equivocan. Ya que estamos con el sueño, recordemos cómo lo decían los romanos, “a veces también el gran Homero duerme” (quandoque bonus dormitat Homerus). Y son precisamente los pequeños fallos poéticos que a veces vemos en la Ilíada los que dan la medida de la grandeza del genio que, a pesar de esas “cabezadas”, se eleva sobre la normalidad y crea un gran espacio nuevo para el espíritu. También Aristóteles, últimamente muy citado en este blog, acierta casi siempre, por ejemplo cuando cita la anécdota de Tales como exemplum y no como hecho histórico (sí, Julián: en seguida comento de nuevo tu post sobre eso, y luego ya no insistiré). Pero incluso el genio se equivoca a veces. Y si se le toma como el Guía Infalible, entonces el efecto de su error se multiplica, mientras que si se le somete a crítica racional como a cualquiera, el error no pasa de anécdota. Por ejemplo, Aristóteles aseguraba que en el centro está la virtud. Gran idea. Pero entusiasmado con ella, soñó que era la regla infalible, la aplicó universalmente, a la astronomía, y la medicina, y se equivocó gravemente. Y detrás de él, quince siglos siguieron su error, y la cabezada del genio se convirtió en una pesadilla de ignorancia. Porque la autoridad de Aristóteles se impuso sobre otras teorías antiguas (Aristarco de Samos) que decían que la Tierra no estaba en el centro, sino el Sol; y que el órgano pensante no era el corazón, aunque estuviera en el centro del cuerpo, sino el cerebro. Hasta que el gran Copérnico dejó de venerar sin más lo que decía El Maestro y lo sometió a crítica racional y empírica, y comprobó que no funcionaba. Y despertó al mundo de su sueño dogmático.

Así que, tras los festejos del triunfo, a trabajar con inteligencia y humildad, como hasta ahora. Despiertos, sin ensoñaciones ni hipnotismos. Porque sólo así se disfruta bien de una siestecita ocasional.