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Atenas y Jerusalén: algunas precisiones (III)

Miguel Herrero de Jáuregui [1]

Publicado en Nueva Revista de Política, Cultura y Arte [2], Nº 117, mayo-junio 2008, pags. 91-101

De este modo, la confluencia de la raíz judía con la metafísica platónica, la ética estoica y la religiosidad helenística produjo un movimiento que tenía muchos elementos comunes con otras corrientes pero que alcanzó una personalidad única. La raíz judía, con un monoteísmo exclusivista que no permitía identificar al Dios que se revela en la Biblia con otros dioses del panteón griego, ni siquiera el dios supremo o el dios impersonal de los filósofos, impidió que fuera considerado equivalente o compatible con otros movimientos filosóficos o religiosos. Para los griegos la adhesión a un culto era compatible con ser devoto de otros dioses: se podía ser fiel devoto de Isis sin que ello exigiera una renuncia, o abjuración. Los cristianos, como los judíos, juzgaban idolátricos los demás cultos y exigían una verdadera conversión (cf. El clasico Conversion de A. D. Nock). Y a su vez el entronque con el helenismo separó al cristianismo cada vez más del judaísmo, que como reacción fue alejándose de corrientes helenizadoras a partir del siglo II d. C. y se centró en desarrollar su propia tradición talmúdica.

Del mismo modo que algunos se resistían a la helenización, como quienes al principio exigían la circuncisión, o el mismo Tertuliano un siglo después, no faltó quien quiso abandonar la raíz judía y olvidar el Antiguo Testamento. El cristianismo se transformaba así en un movimiento especulativo más, en el ámbito de lo que hoy se conoce como gnosticismo. Marción fue el defensor más reputado de esta completa helenización. Pero fue rechazada su propuesta de reforma y la Iglesia decidió seguir vinculada a su tronco histórico judío y renunciar a una completa integración en las formas griegas. Se confirmaba así en el cristianismo una mezcla de sangres que conformaba una genética única, por usar una imagen muy de moda.

Es claro que en el magma de religiones existente en el siglo I en el Mediterráneo, la gran piscina en la que desembocan los impulsos religiosos de Grecia y Oriente, la concatenación y solapamiento de ideas y ritos debió ser grande. Pero precisamente porque el cristianismo se desarrolla en este entorno fluido, los Padres de la Iglesia cuidaron muy mucho de delimitar con nitidez las fronteras del cristianismo para no dar lugar a la fusión sincretista con otras corrientes espirituales de su entorno. La polémica antimarcionita, por ejemplo, dio lugar a la fijación cuasidefinitiva del canon de libros del Antiguo y Nuevo Testamento que la Iglesia consideró revelados. La fijación de límites nítidos frente a paganos, judíos y diversos movimientos más o menos afines al cristianismo como el gnosticismo es la clave de la cohesión dogmática, ética y litúrgica que logra formar una Iglesia universal en un mundo en que hasta entonces la religión se organizaba por un lado en torno a santuarios locales sin vocación de superar las fronteras del estado, y por otro en movimientos itinerantes sin voluntad de cohesión social ni sistematización teológica.

Así pues, de la confluencia de Atenas y Jerusalén, de dos tradiciones religiosas completamente distintas, surgió un movimiento único, que participa de múltiples tendencias de su tiempo pero no se confunde con ninguna de ellas. La fuerte identidad y a la vez la adaptabilidad a la vez del cristianismo a lo largo de la historia proviene de la dualidad de sus raíces, que permiten desarrollar una propia personalidad inconfundible aun en contextos cambiantes.

¿Es alguna de estas consideraciones prueba o indicio de la verdad o falsedad objetivas del mensaje cristiano? Por supuesto que no. Pero pueden servir como faro que oriente en la dirección de la racionalidad entre la niebla de información falseada o interesada sobre la presencia del cristianismo en la civilización occidental.