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En verano, a la sombra

Miguel Herrero de Jáuregui [1]

Verano Uno de los cambios que separan el último siglo de todos los anteriores es que las estaciones han perdido su importancia como reloj vital. Gracias a la luz eléctrica, el aire acondicionado y la calefacción, las vacaciones repartidas en puentes varios, la desacralización de las fiestas, el abandono del campo, la facilidad de viajar al otro hemisferio, los invernaderos, y demás avances, las estaciones han dejado de ser los momentos clave que marcan las pautas de la acción humana. Aún quedan, claro es, muchos restos de los antiguos ritmos: mundos tan dispares como la vida académica y la temporada de fútbol acaban en junio y empiezan en septiembre. Y por cierto, buena será esta comparación para desmontar el tópico de que los académicos no dan golpe con sus privilegiadas vacaciones escolares: es precisamente en estos meses cuando más trabajan, y cuando sientan las bases de proyectos a largo plazo que el trajín diario de las clases (como de los partidos dominicales) no permite hacer durante el año.

Pero como es probable que las estaciones sigan perdiendo su importancia, y como tal vez el cambio climático les dé el golpe de gracia y suene a ironía aquello de “orad por veranos húmedos e inviernos apacibles”, más vale deleitarse en lo que queda de ellas. A saber, en las fiestas locales aun en pueblos donde ya no se cosecha hace tiempo; en las frutas de temporada, con el éxtasis final de los higos en septiembre; en el gazpacho (por cierto que el otro día mi prima Mariajo invitó a una variante con sandía en vez de tomate que estaba buenísima, y a la que rindo aquí homenaje público); en la irregularidad de las rutinas (por ejemplo, el post semanal en ST); en las lecturas veraniegas, a ser posible novelas de las no obligatorias: nada de aprovechar las vacaciones para quitarse de encima a Dostoievski, hombre, lea Vd. las que recomendaba Rolf el otro día, o las de P. G. Wodehouse, Nancy Mitford y Evelyn Waugh, que refrescan más que un Pimm’s.

Hace calor, sí. Insoportable, a veces. Pero si piensa uno que “es la hora en que los ganados buscan las sombras y la frescura, en que los verdes lagartos se esconden bajo las cambroneras, y en que maja Testilis ajos y sérpol, yerbas olorosas, para los segadores fatigados por el ardiente estío, y yo entre tanto voy buscando tus pisadas por entre los arbustos que bajo un sol abrasador resuenan con el canto de las roncas cigarras”; entonces se aguanta mejor y hasta gusta ver cómo el sol abrasa el asfalto a las 3 de la tarde en Madrid. Gusta sobre todo, admitámoslo, desde la sombra de la terracita con una caña delante: pero Virgilio, además, le da un aire a la vez nostálgico de algo que fue y ya no es, y grave de lo que siempre será. Eso es lo que hace la poesía, que todo lo puede convertir en motivo de canto y de belleza. Pues no sé si en el Infierno hace más calor que en Madrid en julio, pero seguro que leyendo las descripciones de Dante y Milton uno lo encuentra incluso fresquito.