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Laureles, ceremonias y festejos

Miguel Herrero de Jáuregui [1]

Graduation [2] Durante todo el año, pero especialmente el mes de junio, en las calles y aulas de Bolonia se festeja la laurea. Cualquier estudiante de cualquier disciplina acaba sus estudios con una “tesis de laurea” de unas cien páginas, y tras defenderla, se le concede la laurea. El tribunal lleva las capas correspondientes, con los colores de la disciplina. Después los amigos y familia le coronan con laurel (de ahí viene el nombre, claro), se cantan canciones más o menos goliárdicas, se brinda y se bebe. En Estados Unidos los festejos suelen ser de otro estilo más grupal y de impronta inglesa, con capa y birrete. Como en Oxford y Cambridge, donde cualquier pretexto es bueno para desempolvar las gowns. Lo de tirar el birrete por el aire ya creo que es más hollywoodiense que oxoniense, pero ya ha tomado el aire de tradición multisecular.

Todas estas formas de festejar el fin de los estudios, ¿son simplemente diversiones agamberradas, formalismos engorrosos, turistadas mercantiles? No lo creo. El festejo oficial y con boato de la consecución del grado es expresión y a su vez motor de un espíritu de esfuerzo, de logro, de victoria (la corona de laurel de los vencedores en los certámenes griegos y de los generales romanos que entraban en triunfo en la ciudad); también de un espíritu de grupo entre los que han hecho el trayecto juntos; y también, de un reconocimiento interno y externo de que se ha conseguido algo importante, que vale el esfuerzo, dinero y tiempo empleados.

Veamos un momento el caso opuesto, en España (con todas las excepciones que se quiera), donde la licenciatura suele terminarse al ver en la pared o la pantalla la nota del último examen. Como mucho se hará una foto ficticia de orla en la que la mayoría no está, o no se licencia ese año, o no se conoce. El festejo universitario se asocia al tunero de treinta años que está aún en segundo y, eso sí, es miembro de varias asociaciones universitarias. El boato y el ritual causan escepticismo en la mayoría. En España somos sobrios y poco amigos de la retórica vana, es cierto, y no le faltan ventajas a este realismo. Pero dicho eso, la falta de ceremonias proyecta (y fomenta) una imagen ante los mismos estudiantes de que la Universidad tiene poca importancia, que se pasa con más o menos diversión y encerrándose unas semanas en febrero y junio, y que los festejos reales vendrán con el contrato fijo, las oposiciones o la boda. Hasta entonces, el graduado se puede buscar una Mrs. Robinson.

Tal vez la excepción española ya ha empezado a cambiar, también en esto. Las ceremonias que se empiezan a introducir en algunas universidades serán una americanada. OK. Es de desear que donde la historia obliga, como Alcalá, Salamanca o Granada, se conserven las tradiciones de la buena época. Pero sean como sean, en mi opinión compensa mantener las ceremonias, fomentarlas, e introducirlas ex novo donde haga falta, y en cuanto arraigue la costumbre, que ya se irá refinando la estética y tiñéndose del Volksgeist patrio, o globalizado, o lo que cada universidad decida. En cualquier caso, que el estudiante vea que los cuatro o cinco años de su formación son capitales para su vida, únicos e irrecuperables; que son un itinerario con un fin que es también un sentido (un telos), y no un mero deambular; que en estos años hace su vida y no se la hacen otros; todo ello debe incentivarse por todos los medios. Y las capas, coronas y birretes, aunque son los medios más fáciles, no son los menos efectivos.