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Universidad e innovación

Rafael Puyol [1]

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Reconozco que una hojeada inicial a los ministerios propuestos por el Presidente Zapatero, no me permitió identificar, a primera vista, el nuevo destino que las Universidades van a tener en el organigrama del Gobierno.

No es la primera vez que estas instituciones o alguna de sus actividades básicas (investigación) salen del ámbito de Educación para incorporarse a otros ministerios, aunque hasta ahora ha sido de ida y vuelta ya al cabo de un tiempo acaban regresando al lugar de procedencia.

No me parece mal que las Universidades se inserten en un dominio creado para gestionar la ciencia y la innovación. Hay razones para defender esa inclusión, como las hay para sostener su mantenimiento en Educación. La educación es un proceso continuo que comienza en la escuela infantil y termina en la formación continua, al que convienen políticas uniformes y una organización unitaria.

Este supuesto, sin embargo, ha quedado superado por un diseño que apuesta por convertir a las Universidades en verdaderos centros de producción de ciencia innovadora. ¿Quién puede sustituir la bondad de ese objetivo? Evidentemente nadie, al menos con argumentos sólidos.

Ahora bien, la decidida apuesta por mejorar nuestra capacidad investigadora no debería hacernos olvidar el otro reto inminente y fundamental que tienen las Universidades. Creo sinceramente que o acertamos con la implantación del nuevo modelo formativo que define el Plan de Bolonia o perdemos el último tren para la mejora de nuestro sistema universitario y nuestra homologación internacional.

Queda mucho por hacer para que las universidades españolas implementen las titulaciones de grado y postgrado, el nuevo modelo que define la Declaración de Bolonia con su cortejo de nuevos contenidos, y fórmulas del proceso de enseñanza-aprendizaje.

La nueva Ministra que todos defiende como persona capaz e innovadora, tiene el reto decisivo de implantar bien un modelo educativo del que depende la formación superior de las generaciones del futuro.

Sólo así, con una enseñanza de calidad, seremos capaces de crear los profesionales que demandan nuestra economía y los científicos que faciliten el progreso de nuestro sistema productivo.