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Ek-stasis: ¿cómo representar la otredad?

Miguel Herrero de Jáuregui [1]

Bernini_beata_ludovica Una de las ideas de los griegos que sigue valiendo hoy en cualquier lugar y circunstancia es que si uno va con los ojos bien abiertos encuentra por doquier motivos de asombro, que animan el espíritu y la mente (y a un blogger de ST le dan tema para la semana siguiente). No en vano la palabra "teoría" proviene del verbo“contemplar” (theaomai, ligado con thauma, “asombro”). Y si hay un lugar hoy en que esta contemplación y asombro permanente ante el mundo se dan especialmente, es Roma, la Ciudad en la que cada esquina y cada ladrillo tiene contenido singular. El otro día paseaba por el Trastevere y vi por vez primera, entrando por casualidad en una iglesuca poco aparente, San Francesco a Ripa [2], una escultura de Bernini, la Beata Ludovica Albertoni (detalle en la imagen), menos conocida que la Santa Teresa, pero tanto o más expresiva de cómo se concibe en el Barroco un éxtasis místico. Y eso me trajo a la mente un tema que tenía pendiente desde un comentario de Medici a un post [3] sobre la pintura de Guido Reni, que decía “en un éxtasis en volandas no hay posibilidad de análisis ni de referencia”. Sigamos por ahí.

¿Qué es el éxtasis? Viene del griego ek-stasis, “salir fuera de sí”, es decir, la experiencia de estar en otra dimensión de espacio y tiempo distintas de la cotidiana. Es la experiencia física de la “otredad” (pese a la fealdad de la palabra, está en el DRAE, lo acabo de comprobar online [4]). Por eso está tan ligado el éxtasis al ámbito religioso. Si es puramente subjetiva la experiencia extática de muchos místicos griegos, cristianos, musulmanes, hindúes, judíos, persas, etc. o si responde a alguna realidad objetiva, depende de las ideas de cada cual sobre lo divino. Pero no sería sensato decir que la experiencia extática es una superchería consciente, un engaño a los demás, en todos los casos, ni siquiera en la mayoría. Ahora bien, si el éxtasis experimenta la otredad, ¿cómo describirlo, y cómo representarlo?

En la Beata Ludovica o en la Santa Teresa la imaginería sexual que usa Bernini para describir el éxtasis es evidente. En los textos de San Juan de la Cruz o Santa Teresa las imágenes que recuerdan el éxtasis sexual son también muy perceptibles, y muy aprovechables por tanto para chistosos superficiales u oportunistas. Pero recordemos que un éxtasis se produce precisamente al transportarse a un mundo absolutamente ajeno al propio; y a la vez, que para representar algo que sea totalmente otro, o simplemente algo nuevo, se utilizan siempre categorías propias ya conocidas (por poner un ejemplo trivial, toda la estética del avión, con sus tripulación y su rumbo, está modelada sobre la del barco, que era el modelo conocido cuando aparece lo nuevo). Así pues, para representar algo ajeno a la experiencia habitual (en el caso del místico la unión con Dios), se requiere una imagen que sea al tiempo extraña y al tiempo familiar: ¿qué más lejano de la vida cotidiana de una monja que el éxtasis sexual, una experiencia que, por otro lado, es universalmente conocida? Era casi inevitable que el misticismo se apropiara de las imágenes sexuales para expresar la otredad del acontecimiento y al mismo tiempo poder hacer entendible lo inefable.

            Precisamente cuando, tal vez por puritanismo del artista o de su patrón, se quieren evitar connotaciones sexuales, con frecuencia resultan arrobos poco creíbles. La simple imagen de la ascensión al cielo no convence hoy, ni en el Barroco tampoco, como representación de la experiencia extática, porque no tenemos, como decía Medici, referencias propias de cómo se sube en volandas. La ascensión puede valer como imagen literaria para expresar otredad (de ahí los textos que inspiran los cuadros), pero no es convincente como imagen plástica.

El mismo principio vale para otras formas de representar el éxtasis en otros contextos: algunas culturas que viven en mayor cercanía con la naturaleza creen en la transformación del hombre extático en animal: pero la distancia de los animales en nuestra cultura urbana nos hace difícil imaginarlo así. En cambio, en otra gran cultura urbana, Grecia, el éxtasis por antonomasia era el báquico, y el arte está lleno hasta hoy de los dos motivos fundamentales de Dioniso, que sí nos resultan creíbles porque, precisamente, son imaginables aunque ajenos: las mujeres desenfrenadas (ménades, bacantes) y la borrachera causada por el vino puro, contrastaban con la normalidad de la mujer relegada a la vida privada, y del vino mezclado con agua (así se bebía habitualmente, porque era mucho más fuerte, denso y peleón que el nuestro). Hoy, curiosamente, una vez que el sexo parece haber perdido la otredad que tenía en la Contrarreforma barroca, hay nuevas formas de experimentar y representar el éxtasis: entre ellas, las drogas y el baile desenfrenado. No me digas, Julián, que para tu post de mañana no te pongo en bandeja una explicación del neo-dionisismo actual.