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¡Viva el ladrillo!

Miguel Herrero de Jáuregui [1]

Brunelleschi_2 Cada vez se usa más el término “ladrillo” con tono despectivo: “no quieren agua para beber, sino para el ladrillo”, se oía esta semana a cuenta de los trasvases; “el negocio del ladrillo” es una manera habitual de denigrar la burbuja de la construcción; incluso se llama así a un libro o a un tipo pesado y aburrido. Veo que comienza un proceso de denigración de la palabra, que puede terminar con su condena definitiva, como le ha sucedido a tantas otras. El ejemplo más claro, “los arios”, que era un término perfectamente respetable, que usaban varios pueblos indoeuropeos antiguos como autodesignación, y de donde viene el moderno Irán y, quizás, el irlandés Eire. Los nazis cogieron el término, le dieron un sentido racial, absurdo y criminal, y la palabra ha quedado condenada para siempre.

Me niego a que ocurra lo mismo con una palabra nobilísima, y aprovecho el post de hoy para hacer una apología del ladrillo. Que hagan construcciones horribles de ladrillo barato, grande y poroso, no es culpa del ladrillo sino de algunos promotores, concejales y compradores. Pero el ladrillo denso y estrecho, que llena las iglesias mudéjares y castillos medievales como los de Coca y Perpiñán, se avergonzaría de ese hermano bastardo que le ha salido últimamente. En la gran avenida de museos que se va formando en Madrid en torno al Prado el ladrillo de calidad, antiguo y moderno, abunda y da solera y elegancia: el nuevo Caixa Forum o la ampliación de Moneo valen y sobran como ejemplos.

El otro día Rolf escribía con razón sobre el ego que parece alimentar algunos proyectos de arquitectura moderna, más allá de toda funcionalidad. El ladrillo, en cambio, parece incompatible con los excesos de este tipo. Con el ladrillo pueden hacerse tal vez vulgaridades, pero nunca disparates. El sentido práctico está en su naturaleza. Tal vez por algo lo inventaron los maestros del sentido común, los romanos. Quiero decir, inventaron su producción industrial. La construcción con tierra cocida está documentada desde Jericó en el 10.000 a. C., pero la mayoría era lo que Vitrubio llama later crudus, y nosotros adobe, bloques de tierra arcillosa cocidos al sol. Antes del siglo I d. C., el ladrillo cocido se usaba sólo como ornamento en la superficie de algunos monumentos. Pero los geniales ingenieros de Roma inventaron la producción industrial en hornos de later coctus e hicieron posible la creación de numerosas maravillas: cuelgo la foto de la cúpula de Brunelleschi en Florencia porque vale más que cien citas de monumentos bizantinos, renacentistas, o del siglo XXI, que sitúan al ladrillo entre las grandes creaciones estéticas del hombre.

En Asís restauraron hace no muchos años el convento de ladrillo y madera con cemento y hormigón. Después de resistir varios siglos incólume, al primer terremoto tras la restauración se derrumbó, y arrastró los frescos, y la vida de algunos franciscanos. Y es que el cemento era más fácil, más duro, permitía más virguerías, pero menos flexible que el viejo ladrillo.

La distinción de la arquitectura entre las demás artes es que nunca puede –o no debe- desligarse de su función utilitaria. Y a su vez siempre se elevará hacia nuevas formas de belleza. Un vínculo sólido, cálido y fiable entre ambos polos, es el ladrillo. Así que su nombre merece respeto. No lo despeñemos en el torrente de los eslóganes fáciles.