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Una reflexión sobre el IE, el saber y su tiempo

Julián Montaño [1]

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Premisa 1
Las distintas épocas históricas difieren entre sí no sólo por que los hombres que viven en ella viven y hacen cosas distintas, también porque lógicamente tienen una imagen de sí mismos distinta. La manera en la que los hombres se interpretan a sí mismos cambia de una época histórica a otra. Es más, es esta precisamente una de las medidas más importantes para saber que se ha cambiado de época histórica.

Premisa 2
Parte de la imagen de uno mismo es lo que uno conoce y cómo lo conoce y aquello que hace uno hace y cómo lo hace. Lo que yo conozco –y el modo en que lo conozco- y lo que hago –y el modo en que lo hago- son parte de mí y en la medida en que soy consciente de ello es parte de mi imagen. Luego hay dos partes fundamentales de la imagen que el hombre tiene de sí mismo: su conocimiento –y su idea de lo que es conocer- y su actividad –y su idea de lo que es tener una actividad. Parte de la autoimagen del hombre es su idea del conocimiento y su idea de la libertad (léase esto último como las posibilidades que tengo para mi actividad, los límites de lo que hago y hasta donde puedo llegar).

Conclusión
Ergo (=por tanto) parte de lo que define un cambio histórico, el cambio de una época a otra es el cambio en la idea de lo que es el conocimiento y el cambio en la idea de lo que es libertad.

Hablemos de lo primero: el conocimiento. Cada época tiene una idea distinta del saber y organiza el saber de modo distinto. ¿Cómo estaba organizado el saber en la antigüedad? En la antigüedad el saber era un bien de consumo para unos pocos, un producto de lujo. Hacía falta tener ocio (scholé o sjolé, de este vocablo griego viene nuestra palabra “escuela”) o sea ser rico para practicarlo. El saber era algo divino, un don de los dioses (una flecha de Apolo, o el don de los varones justos como Salomón) y por tanto era el privilegio de una élite. Había versiones prêt-à-porter del saber para aquellos que no tenían una posición privilegiada, de tal modo que si uno tenía un problema podía acudir a un arúspice (el que lee en las entrañas de los animales), a un augur (el que lee el vuelo de los pájaros), una pitonisa, un druida o ir a los pórticos del Templo a ver si un escriba –si uno tenía suerte con su época histórica, un profeta- nos resolvía una duda. El saber se encontraba pues en Centros de Alto Rendimiento, con muy difícil acceso: los archivos del Senado, la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles, los Pórticos del Templo, etc., donde había un intercambio (normalmente en pausados debates o diálogos) entre maestro (el que ya ha recibido el don divino) y discípulo (el que lo va a recibir).

En la Edad Media el saber se organiza de otro modo. Como Dios se había definido a sí mismo como la Verdad (Via, Veritas et Vita), el saber pasa a ser el camino hacia Dios, hacia la Verdad: itinerarium mentis in Deum, el camino de la mente hacia Dios. Era un itinerario (a los Medievales les fascina la idea de “ruta” o “camino”, ya sea este el de Santiago, hacia los Santos lugares, la peregrinación en este mundo o la ruta correcta para guiarse en un laberinto) o sea una investigación (de la Edad Media procede nuestra idea contemporánea de investigación como ruta paciente de descubrimientos parciales hacia una conclusión que se propone a los demás). El saber se organizo por tanto del modo más cómodo para una investigación: grandes bases de datos (bibliotecas de los Monasterios) en centros especializados en su manutención con especialistas en sistemas (los Monasterios) conectados en red (el constante intercambio de libros y manuscritos entre ellos). Este modelo de saber generó una cantidad ingente de más saber (un solo tipo como Tomás de Aquino trabajaba con varios amanuenses a la vez) tanto que era difícil gestionar el stock de tanto saber –máxime cuando contaba además con el stock heredado de toda la antigüedad, añadido al de los Santos Padres y las Escrituras, más todo lo que ya generaban los sabios árabes y judíos. Cuando el stock de saber se hizo enorme, es decir cuando la oferta de saber en el lineal de las bibliotecas era tan ingente que era imposible investigarlo, los medievales idearon un sistema de consumo muy bueno, el estudio en escuela. Consiste en que el saber avanza en comunidad, son muchos y no solo uno los que afrontan una cuestión y así se avanza más rápido. Ellos tenían la idea de que el saber no era un don individual sino un esfuerzo de equipo. Inventaron para ello una institución que le permitiera organizar este esfuerzo conjunto y la transmisión del saber de esta manera: la universidad. En un aula se sentaba en una silla (cathedra) a la vista de todos el profesor más insigne, frente por frente alguien más avanzado y experto en un tema (el maestro, magister, de ahí viene nuestra palabra master), éste último ponía objeciones al catedrático sobre una cuestión concreta que previamente se había definido (o un caso moral o jurídico) y el catedrático resolvía la cuestión refutando las objeciones.

Entre los siglos XVI y XVII el saber se simplificó. La nueva idea de saber iba a cambiar con los avances en astronomía, y los posteriores en álgebra y física. El modelo de saber y la idea de lo que era saber cambió hacia… CONTINUARÁ.