- Humanities blog - https://humanities.blogs.ie.edu -

Trabajos y Días en el siglo XXI

Miguel Herrero de Jáuregui [1]

El pasado martes acababa el post [2] con el granjero que dejó de estudiar Derecho para ocuparse de la tierra familiar y hacerla rentable. La tierra en Calabria es áspera y pedregosa, y no es tarea fácil, pero con no poco esfuerzo lo está consiguiendo. Con esfuerzo, y con la imaginación que le lleva a inventar modos de hacerla productiva. Ha convertido su problema principal, la dimensión reducida de su tierra (unas pocas decenas de hectáreas), en su mayor fuente de ingresos: vende la marca de su producción artesanal. La demanda creciente (en Italia, al menos) de alimentos orgánicos hace que todos sus productos tengan venta segura e inmediata; y el auge del turismo rural y “antropológico” le va a permitir alquilar unas habitaciones en la granja que se llenarán (como otras que ya se llenan) de gente que quiera pasear entre ovejas, bellotas y demás.Pastores_1

Pero, ¿qué tiene que ver esto con las artes liberales? Ahora voy a ello. Pero antes, otro caso de la semana pasada. En un valle solitario, cerca de Rossano, un viejo pastor ofrece a la visita mañanera ricotta recién hecha, caliente, un rito de hospitalidad milenario. Yo no le entiendo nada porque habla en dialecto cerradísimo, pero al hijo, de unos 25 años, sí, y me explica que en la cabaña donde vienen a hacer la ricotta etc. no tiene buena conexión a internet y que tiene que subir a la colina para conectarse, y comprar así unos aparatos que fabrican en Turín y mirar si le han dado la subvención de joven empresario. Porque ha decidido no hacerse empleado de, pongo por caso, Parmalat, sino continuar con el oficio paterno y ser pastor, y vivir de ello, en el siglo XXI. Y me dice: “las modernas tecnologías, a las que acusan de acabar con nuestro estilo de vida, son las que lo van a salvar”.

Todo ello me hizo lucubrar sobre un tema que someto a los sagaces lectores de ST, que según dice google van siendo cada vez más, y que me podrán corregir si me equivoco, que es lo más probable. Como se puede comprobar viendo cómo me asombro ante lo evidente, yo no tengo ni idea de campo. De ciudad como soy, lo veo a través de la tradición bucólica (la palabra griega para “pastoril”), que también merece un respeto porque tiene casi tres mil años: más exactamente, 2700 años de decir, desde fuera, ¡qué bonito es el campo! Como aquel que decía “los atardeceres en el Canal de la Mancha son preciosos desde que los pinta Turner”.

Menciono sólo a los dos más grandes que crearon la imagen bucólica del campo. Hesíodo [3], en el siglo VII a. C. (si antes o después de Homero, se discute), escribió los Trabajos y los Días: un poema sapiencial que aconseja el esfuerzo, la inventiva, la sabiduría y la justicia (!) como principios de cultivo de la tierra, y de paso cuenta, entre otros, los mitos de Prometeo y Pandora. Y Virgilio [4], en el I a. C. lo tomó como modelo para las Geórgicas, que muchos consideran “el mejor poema del mejor poeta”: cuenta cómo cultivar, criar ganado y abejas, entre alabanzas de la vida simple. Elogios que escribía desde su villa romana, claro es, bajo la protección de Mecenas [5]. Su obra anterior, las Bucólicas, presentaban a pastores muy preocupados porque su amada no les dirigía la mirada. Ningún poeta ha sido más admirado que Virgilio. Y a ningún agricultor, ni antiguo ni moderno, se le ha ocurrido jamás ni por asomo tomar a Virgilio o a Hesíodo como guías de explotación de su tierra.

Pero hoy, por vez primera, se empiezan a poner de acuerdo el romanticismo y la dura realidad, la poesía y el mercado. Me adentro un momento en los terrenos demográficos de Rafael Puyol. Se ven cada vez más casos, antes impensables, de quien deja la vida de la ciudad por la del campo, por razones en principio más estéticas que económicas. Pero aún es mucho más común que gente de ciudad valore la vida rural y trate de acercarse a ella, con naranjas orgánicas o paseos campestres. Y la técnica acorta distancias [6] para todos entre campo y ciudad, y la ciudad aporta como factor de mercado toda la tradición bucólica, se modo que de repente, la vida pastoril se hace real, apreciada y rentable. Sí, el tractor ha liquidado mulas y bueyes, pero permite conservar vacas, caballos, y la sustancia de la vida tradicional campesina, no como un Belén artificial, sino como una realidad viva y completamente inserta en el mundo de hoy [7], gracias precisamente al equilibrio entre tradición e innovación.

De modo que lo libresco se empieza a hacer real. Al final puede que Hesíodo y Virgilio sean profetas, y sus bucólicas acaben siendo aplicadas. O nuestro Fray Luis [8], cuando imitaba a Horacio en la muy urbana Salamanca del XVI y escribía aquello de:

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.