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Carta a Fouquet

Julián Montaño [1]

Fouquet

Post en el que el Autor, habiendo recibido un Comment a uno de sus Posts de Fouquet, uno de los Personajes Históricos Favoritos de este Autor, que responde al nombre dado en Gracia de Julián, y que sirve a vuesas mercedes en este Blog, hace saber cosas que dexa explicadas a los lectores con decoro y en todo punto con detalle y en su sazón. & que hace saber a aquel que lo lea con detalle su admiración por el Barroco, que ahora llaman a ese tiempo y manera del año de G. de entre 1600 años ó 1700 años y todo lo que vs. ms. quieran descontar teniendo en mientes si el nuevo calendario Gregoriano que los Ingleses e otras gentes de otro uso y nación no usaban vige o no. Aconseja el autor leer antes el Comment de Fouquet en este mismo Blog.

Querido Fouquet,

Precisamente poco después, casi contemporáneo, de tu tocayo el gran Nicolas Fouquet, Leibniz (uno de los filósofos mas grandes de la Historia Moderna y uno de los más desconocidos -aún siguen sin editarse muchas de sus obras, pese a que las Nuevas Tecnologías son posibles gracias a sus avances en Lógica) habló de las Mónadas como de los principios últimos del mundo creado. Cada Mónada resumía en sí misma todo el universo. No hay mejor ejemplo de Ejemplo de Sí Mismo que una Mónada. Leibniz decía que el mundo creado se componía de una pluralidad infinita de Mónadas (sustancias últimas y constitutivas de la realidad). Cada una de ellas era un reflejo armonioso de todo el resto del universo. Una mónada era reflejo de todo lo demás y de sí misma. Leibniz era un filósofo de la era del Barroco (la era de personajes como Fouquet, como Richelieu o Mazarino, Felipe IV y Velazquez, Carlos I y II de Inglaterra, Christopher Wren), la era de los Espejos (de las Meninas y de Versalles, de la Venus del Espejo y del Quijote -donde los relatos se desdoblan como las imágenes encontradas en un espejo- la era, en fin, de la Fuga, donde las frases musicales se repiten especularmente hasta la saciedad) la era en la que la otra Fuga (la Fuga de la muerte, el horror al Finis Gloriae Mundi) es un tema obsesivo. Los artistas empezaron a verse a si mismos prácticamente como Mónadas leibnizianas, reflejos del arte que fue antes y será después, huyendo de la terrible guadaña del tiempo y retratándose a sí mismos. El Quijote es un libro de Caballería, un libro que parodia los antiguos libros de caballerías y un libro que abre la nueva era de la novela; San Pablo, o mejor, Saint Mary Woolnoth en Londres resume el arte previo y lo supone pero abre nuevas perspectivas para el nuevo arte: un cubo dentro de un cubo con un baldaquino dentro, como un juego de cajas chinas, como los relatos que se incluyen uno dentro de otro en El Quijote o los espejos encontrados. Es como si el arte se hiciera consciente de sí mismo y los artistas s situaran por primera vez -conscientemente- en la Historia del Arte. A partir de entonces empezamos a tener distintas clases de juicios estéticos: los muy elaborados -conscientes de el contexto histórico-de los arcanos de la practica de un arte y los menos elaborados, en una especie de jerarquía o de gradación donde cada paso hacia arriba depende de la información de la que se dispone. El error de la Estética Moderna es suponer que no hay esta jerarquía (concepto este de la jerarquía por lo demás muy barroco, dicho sea de paso) y que sólo hay una forma de percepción estética. Tienes razón Fouquet: hablar de juicio estético sin tener en cuenta la historicidad de la percepción y de la creatividad es mal negocio (tú como protector de las artes en la Francia de Luis XIV lo sabes) y mucho más sin tener en cuenta la historicidad de la percepción individual (el aprendizaje), el cambio en el gusto (tema este del Gusto tan barroco y del XVIII temprano, por lo demás). Te cuento mi caso, de la época de Fouquet yo me quedaba hasta hace poco con la arquitectura de sus castillos, con los jardines reflejados especularmente (cómo no) en fuentes y estanques, con la conversación entre fuegos artificiales y ramas de sauces con chorros de fuentes cantarinas como claves y clarinetes. Hasta hace poco mi gusto era por la estética barroca: Richelieu entrando en La Rochelle a caballo con la púrpura remetida entre la innecesaria armadura, Richelieu bajando del caballo y ordenando la preparación de una ceremonia Pontifical con toda la pompa, incienso y coros que pudiera humillar a un hugonote, el Duque de Medinasidonia ordenando corridas de Toros y fuegos artificiales y fiestas con polvorones y alfajores para celebrar el nacimiento de una Infanta, Calderón y Webster, el Earl of Strafford retratado por Van Dyck con todo sus desdén por lo Común (los Commons, qué se le va a hacer) y aquello que no plazca al alto destino de este Country y su Corona. Ahora en cambio, de tu época, querido Fouquet, me quedo con Pascal y Port-Royal, más con Fénelon que con Bossuet (y últimamente más y más), con el estilo Regencia británico y con la sencilla Capilla de campo y los retratos del primer XVIII. El Gusto cambia y "el verde torno del tiempo" (Sor Juana Inés de la Cruz, también barroca) pasa y cambia nuestros juicios estéticos. Nada, ni el Gusto, resiste el la balanza del tiempo y nuestro juicio se queda, como Miguel de Mañara en el Hospital de la Caridad de Sevilla, en el claroscuro de la entrada a una capilla, parte en el tiempo y parte fuera del tiempo, una mezcla de historicidad y atemporalidad, de historicidad y objetividad.

Te alabo el Gusto (le Goût) al elegir tu nick, querido Fouquet.