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Cambios en la ópera

Miguel Herrero de Jàuregui [1]

Roberto_alagna_large [2] El sábado fui al Teatro Comunale de Bolonia a ver el Orfeo y Eurídice de Gluck dirigida por Alagna [3] (Davide, hermano del tenor, Roberto). Iba avisado de que era una versión re-post-neo-trans-vanguardista, y efectivamente, si se me ocurrieran más prefijos, los pondría todos. La muerte inicial de Eurídice es un accidente de tráfico. El tercer personaje, tradicionalmente un Amor femenino, se transforma en un Guía masculino. Y en el Hades Eurídice trata desesperada de lograr una mirada de Orfeo por todos los medios, incluso seduciendo al Guía de un modo que las señoras de la fila de atrás tildaban escandalizadas de “pornográfico”. El público y la crítica [4] operísticas de Bolonia son muy clásicos y la obra fue poco aplaudida. Pero dicen que la prima fue un desastre, y que los abucheos y silbidos ahogaban las tres voces, muy buenas por cierto.

A mí la verdad es que me gustó. Los cantantes y el montaje, aunque sobre algún exceso (no pasa nada por provocar, cuando hay algún otro objetivo detrás aparte de la mera provocación), logran conmover y emocionar. El accidente nos muestra hoy la muerte con más cercanía que una picadura de serpiente. El mito de Orfeo lo he estudiado hasta la saciedad, pero tenor y soprano cantaban y se movían con tal arte que cuando él se está dejando vencer por las quejas de Eurídice, aún esperaba yo tontamente que tal vez no la mirase, y que la historia acabase bien. Algunos sostienen, por cierto, que ésta era la versión primitiva del mito, y que el final trágico es una innovación romántica posterior. Yo creo que no, pero hoy no hablamos de mitos, sino de escenografía vanguardista.

No entro en si está bien o mal, porque no tengo ningún título ni conocimiento para hacer crítica operística, y no hay cosa peor que el neo-experto que emite sin que nadie se lo pida un torrente de dogmas sobre un tema que acaba de aprender, y que requiere años de decantación –todos conocemos a alguno que tras un curso de enología acelerado se lanza a juzgar el vino con gran solemnidad, mirando, eso sí, el precio de reojo–. Pero se me ocurrió que los cambios en la escena de la ópera reflejan los cambios sociales que tratan Rolf y Rafael en sus últimos posts. Veamos:

Cualquier ópera que hoy vemos, aunque parezca de lo más clásica, tiene poco que ver con lo que se veía hace tres siglos, por cambios estéticos, técnicos y económicos. Los cantantes eran mujeres o castrati y sólo en el XIX se desarrollan las voces masculinas, fruto de un cambio en la percepción estética. Cuando Wagner inventa el cañón de luz que ilumina los fondos del escenario cambia radicalmente los montajes teatrales. Hasta entonces todo se representaba en la primera línea, porque un paso atrás de cualquier actor lo sumía en la oscuridad. Salvo que hubiera luz natural, claro: dicen que el teatro del Palacio del Buen Retiro en el Madrid de los Austrias era el asombro de Europa porque entraba por detrás unos chorros de sol que permitían efectos espectaculares. Y la tendencia al escenario abstracto y al vestido moderno se explica sobre todo porque la ópera no recupera en taquilla el dinero invertido, y por eso siempre depende de la subvención pública, que (felizmente) tiende a ser tacaña: es mucho más barato hacer un Don Giovanni en torno a un cubo que gira y vestir a los actores con chaqueta que invertir en jardines y palacios y vestidos dieciochescos. Después ya se justificará con un generoso uso de la metafísica, que, esa sí, es gratis.

El cambio, pues, está en la esencia del género. Lo que me pregunto es si en un momento dado los cambios no son tan profundos que acaban con el género en cuestión, que vuelve entonces a sus formas más clásicas y se fosiliza en ellas. En Atenas la tragedia duró lo que la democracia, un siglo. Después de Eurípides, se sigue representando hasta el fin de la Antigüedad, pero ya no se compone (salvo algún autor de poca monta que imita a los grandes del pasado). Porque la tragedia surgía de unas condiciones religiosas, políticas y sociales muy particulares que la hicieron florecer, evolucionar, explotar todas sus posibilidades artísticas, y morir tras una vida intensa, fecunda, y corta. La caída de la democracia dio paso a la comedia ligera. Me pregunto si a la ópera no le pasa lo mismo. La sociedad decimonónica está en liquidación y el género que más la representaba, o se fosiliza en formas de montaje y canto que, al trasladarnos a otro mundo, permiten aún decir “¡oh, amada mía!” sin que parezca una cursilada, o al actualizarse, se transforma en otro género más parecido a un musical de Broadway.

Es decir, que me pregunto si lo que vi el sábado era aún ópera u otra cosa, muy buena, pero otra. Tal vez otro género descendiente de la ópera. En unos siglos, la respuesta. Pero no puedo prometer (y no prometo) escribirla en el blog.