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La isla de Loih. Parte II

Arantza de Areilza [1]

Mausoleum [2] La noche en Loihloch trascurrió tranquila. El sol comenzó a  despuntar hacia las tres de la madrugada como sucede en esa latitud durante el breve estío. Me desperté pronto deseosa de emprender la larga marcha prevista. Ibamos a atravesar la isla a pie para visitar el mausoleo de Sir James Pullough construido en la costa norte de la isla junto a un pequeño lago.

Nuestro paseo transcurrió entre aguilas, gaviotas y ciervos siguiendo serpenteantes caminos de barro que contorneaban pequeños lagos peinados por juncos. El viento frío soplaba con fuerza, y los densos nubarrones pasaban sobre nosotros a gran velocidad en amenaza fugaz. Los primeros goterones comenzaron a caer cuando, en el recodo del camino, vislumbramos el mausoleo de piedra oscura erguido en lo alto de una colina sobre la pequeña y solitaria bahía de Polnish.La playa de guijarros era refugio de varias familias de focas que campaban a sus anchas en aquel territorio remoto.

El mausoleo era de estilo neoclásico, de marmol oscuro, con una cubierta en forma de tejado inclinado, en cuya fachada sur, habían crecido liquenes dándole aspecto de escama. En el centro de las múltiples columnas que sostenían el mausoleo yacía la lápida de Sir James Pullough, oscura, austera, y pétrea. El viento bramaba entre las columnas y las olas retumbaban contra las rocas de la playa, con resonancia grave y profunda, en esa particular lírica marina que Neruda llamaba "el desafío del vaivén eterno".

En el centro de la lápida se adivinaba el nombre del difunto entre un sinfin de pequeñas manchas amarillentas. Al acercarnos nos dimos cuenta de que era ¡cera!

La lápida estaba espolvoreada de gotas de cera y, sin embargo, no había rastro de velas ni de candelabros.

Eran gotas de cera clara que parecía recién derretida, allí, en media de la soledad de aquel lugar olvidado.

De vuelta a Loihloch conté lo sucedido a Miss McDouglass, quién levantó suavemente la mirada, y contestó: "Son las lágrimas de Lady Pullough".