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Vicios privados, virtudes públicas

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En estos días de sombras políticas
nacionales e internacionales me viene a la memoria la figura de Bernard de Mandeville [1]
médico y filósofo de origen holandés y su gran obra“ La Fábula de las Abejas [2]
situada en la Inglaterra de principios del siglo XVIII.

Ese contexto histórico convulso, marcado
por el destronamiento de Jacobo II de Inglaterra por Guillermo de Nassau en la
revolución de 1688, la inquietud causada por la muerte de Ana Estuardo, hija de
Jacobo II, el ascenso al trono de la Casa de Hannover en 1714, la fuerza cada
vez mayor adquirida por los jacobitas que parecía amenazar la estabilidad de
Inglaterra, y la quiebra de las legitimidades religiosas desde el siglo XVII,
renovaron la insistencia de las fuerzas conservadoras y moralistas de la época
en la importancia de la virtud y el espíritu cívico para conservar la cohesión
de la sociedad. Una sociedad en fuerte cambio, con crecimiento acelerados de
los centros urbanos y condiciones de vida precarias de las clases humildes. En
esta inestabilidad tanto política como económica, se consideró la necesidad de
instruir moralmente a la sociedad dando paso a lo que se llamó el Humanismo
cívico basado en la creencia de la necesidad pública de controlar la
inmoralidad privada.

Mandeville se opuso a esta corriente y, por
lo tanto, a la idea de la necesidad de reprimir el vicio privado en beneficio
del bienestar público de la Nación. Rechazó la interpretación moral de la vida
pública achacándole que no entendía al Hombre, y que la verdadera fuerza que lo
impulsa no es otra que el interés propio o el egoísmo. Elabora una teoría del
progreso y del funcionamiento de la sociedad basada en los actos de interés
propio al individuo en la que sustituye virtud y civismo por egoísmo y riqueza
comercial. Para Mandeville aquellas cosas que los moralistas del XVIII
consideraban viciosas eran precisamente las pasiones que contribuían a la
prosperidad material. Por lo tanto, el Hombre debía aceptar su egoísmo natural
y hacer uso adecuado de él convirtiendo el vicio en virtud. La cohesión social
se basaba en la mutua necesidad y no en la virtud religiosa. El progreso social
surgía de las pasiones y los vicios de los hombres, y sus pasiones, estaban
compensadas por el interés, permitiéndoles vivir en paz.

Nos recuerda que las demandas de reforma
moral están a menudo suscitadas por el egoísmo, la hipocresía o el orgullo e
insiste en que, en toda sociedad compleja, el vicio se mezcla con la virtud,
que nunca es nexo de unión social.

La Fábula de las abejas habla de las
complejas relaciones entre el bien y el mal, o entre virtudes y vicios, o de la
certeza de la difícil transformación de los intereses personales en la vida
económica en una función del bienestar colectivo. La formula “vicios privados,
virtudes públicas” es esa “fuerza que quiere crear el mal y siempre crea el
bien” como diría el Mefistófeles de
Es la idea de Goethe [3] la “insociable sociabilidad” kantiana o la de la “mano invisible”
de Adam
Smith
.
Es la idea liberal, según la cual, el bien común o el interés de la
colectividad, sólo es posible a través de la búsqueda individual del propio
interés o beneficio. Es el afán de todo hombre por conseguir más, y el eterno
sentimiento de insatisfacción que le lleva a hacer cualquier cosa por obtener
lo deseado. Es, como diría Max Weber [4],
el paso de la búsqueda del daimon al pacto con el diablo: mi próximo tema.