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ManucodiataPor José Ramón Marcaida, Investigador Postdoctoral en el Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge y antiguo Fellow en Humanidades del IE Humanities Center.

Hoy en día, gracias a los documentales de David Attenborough o el Cornell Lab of Ornithology, las aves del paraíso se han convertido en uno de los fenómenos del mundo natural más mediáticos y admirados. Sin embargo, siglos antes de que los teleobjetivos y las cámaras de alta definición permitieran apreciar con todo detalle la cautivadora belleza de sus plumas y los sofisticados rituales de cortejo característicos de cada especie, estas aves fueron motivo de fascinación por una razón bien diferente: durante mucho tiempo se creyó que no tenían patas. En la Europa del siglo XVI este no era un asunto sin importancia. El hecho de que en unas remotas islas de Oriente existieran aves ‘ápodas’ ponía en entredicho una larga tradición de conocimiento naturalista que se remontaba al mismo Aristóteles. Se trataba, pues, de un importante desafío a la autoridad de los clásicos, además de un prodigio natural sin precedentes, ya que sin patas con las que posarse estos pájaros debían pasar toda su vida en el cielo, volando.

En este post vamos a recordar este interesante capítulo de la historia del ave del paraíso, un caso que ilustra bien, además, el tipo de problemas a los que nos enfrentamos los historiadores de la ciencia a la hora de estudiar una época en la que el conocimiento del mundo natural y sus fenómenos era muy distinto de lo que hoy concebimos como ‘ciencia’.

1. Las primeras noticias sobre el ave del paraíso

Nuestra historia tiene como marco de fondo las grandes exploraciones geográficas europeas de los siglos XV y XVI, un periodo de profundos cambios en el ámbito de la historia natural: además de nuevas tierras y nuevas culturas, los viajes dieron a conocer todo tipo de animales y plantas de los que la tradición zoológica y botánica no tenía constancia. Originarias de la isla de Nueva Guinea, el archipiélago de las Molucas y algunas regiones del continente australiano, las aves del paraíso pertenecerían a este amplio conjunto de elementos naturales ‘descubiertos’ por los europeos en el curso de sus viajes. En realidad, enormemente apreciadas por la vistosidad de su plumaje, las aves habían sido objeto de transacciones en el mercado del sudeste asiático durante siglos –como también lo habían sido el clavo y la nuez moscada, estimadas especias oriundas de estos mismos parajes.

Los primeros testimonios de comerciantes y exploradores europeos aportan pocos pero significativos detalles sobre el ave: nunca se halla viva, no se sabe de qué se alimenta, sus plumas son muy valoradas y, según algunas descripciones, no parece tener patas. En el año 1522 se produce la llegada de los primeros ejemplares a Europa: entre dos y cinco aves disecadas, transportadas a bordo de la nave Victoria junto al resto de la expedición que al mando de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano había completado la primera vuelta al mundo. Curiosamente, el diario de viaje de uno de los miembros de la expedición, el explorador y cronista italiano Antonio Pigafetta, incluye una descripción de estos ejemplares que da a entender que los pájaros sí estaban dotados de patas. El texto recoge, además, la creencia extendida entre los habitantes de las Molucas de que las aves provienen del cielo, y añade que su nombre local es ‘bolon divata’ (‘pájaros de los dioses’). Los testimonios de otros miembros de la expedición, recopilados por Maximilianus Transilvanus, aludirán igualmente a la naturaleza divina de estas ‘manucodiatas’ o ‘pájaros de Dios’, así como a su asociación –por influencia de la presencia musulmana en las islas– con el paraíso terrenal.

Pasado un tiempo tras la publicación de estos testimonios, la creencia en esta extraordinaria criatura cuya vida transcurría en un vuelo permanente fue ganando peso. La llegada de más ejemplares a Europa, a partir de las décadas centrales del siglo XVI, fue determinante: ninguno tenía patas. Lo que no se sabía es que estos ejemplares habían sido disecados según el método tradicional empleado por los cazadores de las Molucas para preservar el preciado plumaje de las aves, un procedimiento que implicaba seccionar partes del cuerpo del pájaro –patas, alas y, en ocasiones, la cabeza.

El análisis de estos cuerpos mutilados por parte de estudiosos europeos dio pie a todo tipo de conjeturas. Así, se dijo que a pesar de carecer de patas el ave del paraíso hacía uso de sus plumas para colgarse de las ramas de los árboles y descansar. También se señaló que el ave macho poseía una cavidad en su espalda para que la hembra pudiera incubar los huevos en pleno vuelo. O que el único alimento de estas aves divinas era el rocío. Algunos autores llegaron a identificarla con la mítica ave fénix. Por otro lado, las interpretaciones de orden moral y religioso no tardaron en llegar: entregada a su existencia en las alturas, ajena a los asuntos mundanos, el ave del paraíso se convirtió en símbolo de virtuosa diligencia y liberal desprendimiento, y como tal empezó a figurar en uno de los géneros literarios más importantes de la época: los libros de emblemas.

2. El ave del paraíso y la historia natural

Desde el punto de vista naturalista, sin embargo, la existencia de unas aves sin pies seguía siendo controvertida. Para empezar, ningún europeo las había visto vivas aún, ni siquiera los exploradores de las entonces llamadas Indias Orientales; de hecho, habría que esperar más de tres siglos hasta que el naturalista francés René Primevère Lesson, en la década de 1820, las observara vivas por primera vez. La evidencia quedaba reducida, pues, a los escasos ejemplares muertos presentes en las colecciones europeas y a los testimonios transmitidos por testigos de vista. La legitimidad de estos últimos, por un lado, estaba estrechamente ligada a su status social; y de sobra era conocido el gusto de los viajeros por la exageración y la mentira. Por otro lado, el estudio de las aves disecadas parecía confirmar la ausencia de patas, lo cual suponía no sólo conceder veracidad a los testigos sino contravenir una opinión tan venerada como la de Aristóteles. En este sentido, el caso del ave del paraíso ilustra uno de los rasgos más característicos del conocimiento naturalista a lo largo de todo el siglo XVI: la tensión entre la autoridad de la tradición escrita y el peso de la experiencia observacional.

En mayor o menor medida, los naturalistas del siglo XVI optaron por lo segundo: la evidencia empírica. Así, entre los primeros que defendieron la naturaleza ápoda del ave del paraíso destacaría el eminente erudito suizo Conrad Gesner. Su texto dedicado a la manucodiata fue publicado en el tercer volumen de su monumental Historiae animalium (1555), acompañado de una imagen que pronto se convertiría en el modelo de referencia para posteriores representaciones del ave del paraíso. Otro importante defensor de la naturaleza ápoda de la manucodiata fue el célebre naturalista y coleccionista italiano Ulisse Aldrovandi. Fiel a su estilo y afanes enciclopédicos, Aldrovandi recurrió a todo tipo de fuentes y materiales para elaborar su análisis. Además, amplió el repertorio iconográfico al aportar cuatro nuevas imágenes, además de la ya publicada por Gesner, para cada una de las cinco especies de ave del paraíso discutidas en su libro, Ornithologiae, publicado en el año 1599.

Poco tiempo después, en su obra Exoticorum libri decem, de 1605, el naturalista flamenco Carolus Clusius calificaría el texto de Aldrovandi sobre las manucodiatas como el más completo y riguroso hasta la fecha. Sólo en un punto no estaba de acuerdo con el italiano: la ausencia de patas. En su libro Clusius reconoce que durante un tiempo él también había creído, contra el parecer de Aristóteles, que las manucodiatas eran aves ápodas. Sin embargo, la noticia de que varios ejemplares completos habían llegado a Ámsterdam procedentes de las Indias Orientales le hizo cambiar de parecer. Clusius no pudo observar por sí mismo estos especímenes, pero los navegantes holandeses que los habían transportado a Europa le aseguraron que las aves tenían patas. A lo largo de su texto Clusius insiste en que le habría gustado hacerse con un ejemplar completo con el fin de contrastar la información facilitada por sus contactos y obtener, además, una imagen que mostrara, en un golpe de vista, que la manucodiata era un ave como las demás. Finalmente tuvo que conformarse con incluir dos grabados de dos ejemplares sin patas. En cualquier caso, el peso de las evidencias y la reputación como naturalista de Clusius fueron suficientes para despojar al ave del paraíso de su aura de criatura fabulosa y abrir la vía a un gradual proceso de desmitificación.

Este proceso no fue en absoluto inmediato ni concluyente, ni siquiera en el ámbito de la historia natural. De hecho, profundamente arraigada en el imaginario simbólico europeo, el ave ápoda del paraíso continuaría disfrutando de su vuelo perpetuo durante al menos un siglo más. El hecho de que Carl Linnaeus optara por el nombre Paradisaea apoda para clasificar una de las especies del género de las Paradisaeas es otra prueba de su fama y popularidad.

3. El ave del paraíso y sus imágenes

Uno de los ámbitos de la cultura de los siglos XVI y XVII en los que mejor se aprecia el proceso de desmitificación de la manucodiata es el de las artes visuales, y en especial el de la pintura. Al igual que muchos otros animales y plantas caracterizados por su rareza y exotismo, las aves del paraíso fueron incorporadas al repertorio de los artistas europeos muy poco después de que se tuviera noticia de ellas. Con respecto a esto los estudiosos coinciden en que un dibujo realizado entre 1522 y 1525 por el artista alemán Hans Baldung Grien constituye la primera imagen de un ave del paraíso documentada en Europa. Entre las primeras ilustraciones se incluyen, también, una miniatura a color en el libro de horas conocido como Las Horas de los Farnesio, ilustrado por el artista de origen croata Giulio Clovio entre los años 1539 y 1546, o el grabado publicado por Gesner en 1555, al que ya hemos aludido. En todas estas imágenes el ave es representada sin patas.

En el terreno de la pintura, un caso destacado sería el de los cuadros de paisajes y escenas de la Biblia realizados por Jan Brueghel el Viejo y otros artistas de la escuela flamenca de principios del siglo XVII.  Se trata de obras en las que el tema de Adán y Eva en el jardín del Edén o la entrada de los animales en el Arca de Noé ofrecían a los pintores la oportunidad de desplegar no sólo sus habilidades técnicas sino también sus intereses en el campo de la historia natural. De hecho, estos cuadros, auténticas enciclopedias visuales, constituyen un material muy interesante para los historiadores de la ciencia, pues son una muestra de cómo el interés por el mundo natural atravesó todas las esferas de la cultura europea, sin distinguir entre lo que hoy caracterizaríamos como objeto de estudio de las ‘artes’ o de las ‘ciencias’.

Al tratarse, en muchos casos, de escenas relacionadas con el paraíso terrenal, la manucodiata se convirtió en un motivo frecuente en estos cuadros. En ellos aparece retratada como un pájaro de cuerpo fino, sin patas, dotado de largas plumas de color blanco y amarillo. Ahora bien, es interesante constatar que algunos años después, en cuadros de temática y factura similares, Brueghel empezó a retratar aves del paraíso con patas. Como han señalado los expertos en su obra, mediante este gesto Brueghel estaría expresando su doble intención de mostrarse como un artista informado y, al mismo tiempo, plasmar en sus pinturas el conocimiento naturalista más actualizado.

Posteriormente, otros autores especializados en pintura de animales como Frans Snyders también retrataron aves del paraíso con patas. Al ver estas imágenes es inevitable pensar en el poder de la pintura para recrear y poner ante los ojos del espectador una criatura que, como hemos señalado antes, ningún europeo había contemplado viva nunca. Estas representaciones señalarían, pues, el resultado de una doble transformación: la de un cuerpo mutilado y disecado reconvertido en un animal completo y vivo, y la de una curiosidad natural en vuelo permanente retratada ahora como un pájaro más, posado sobre una rama, rodeado de otras aves. Una transformación –este es el dato interesante– mucho más rápida y menos problemática que la que tuvo lugar en otros ámbitos, incluido el de la historia natural.

4. Comentarios finales: el ave del paraíso y la historia de la ciencia

El caso del ave del paraíso nos ha permitido explorar algunos aspectos fundamentales de la historia del conocimiento naturalista, en particular los conflictos intelectuales y las dificultades metodológicas inherentes al descubrimiento y asimilación de realidades novedosas y desconcertantes.

Además de esto, la historia de la manucodiata nos ha recordado que no podemos tratar la historia natural de los siglos XVI y XVII como un corpus de teorías y prácticas homogéneo y cerrado, esto es, desvinculado de otras esferas como el comercio, la literatura de viajes, el coleccionismo o, en el terreno de las artes visuales, la pintura. Al contrario: es precisamente la multiplicidad e interconexión de temas, espacios y actores lo que confiere a este tipo de ejemplos su potencial como objetos de estudio.

Historias como la del ave del paraíso, en definitiva, son una invitación al diseño de nuevas líneas de investigación en las que la suma del ejercicio académico y la labor formativa de centros educativos, museos y otras plataformas de creación y divulgación de conocimiento dé como resultado una historia de la ciencia más imaginativa y accesible.

Publicado en zientziakultura (03/06/2013)

Comments

rabaty August 31, 2013 - 4:08 pm

You should check this out…

I saw this really good post today….

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