Por Rafael Puyol, Profesor de IE School of Arts & Humanities
La JMJ exige algunas consideraciones más allá de su profundo significado religioso motivadas por el rechazo que basado en presuntas financiaciones públicas algunos hacen del acontecimiento . La interpretación de la gran fiesta católica en términos simplemente económicos, supone una visión pacata y reduccionista. Y además inconveniente e interesada por cuanto, al parecer, la inmensa mayorÃa de los gastos devengados no salen de las arcas oficiales. Pero aún cuando el Estado, la Comunidad o el Ayuntamiento hayan incurrido en desembolsos derivados de la oferta de servicios o servidores públicos para gestionar la presencia de tantos jóvenes, no se entiende bien las crÃticas que posiblemente, tienen un trasfondo que trasciende la economÃa.
Todo el mundo tiene derecho a manifestar su opinión. El problema no es la protesta, sino el alcance y la pertinencia de los argumentos y el modo de llevarla a cabo. El coste de las jornadas puede interpretarse simplemente como gasto, o, por el contrario, como inversión. Por supuesto una inversión espiritual para quienes la presencia del Papa refuerza su fe y la esperanza de un mundo mejor, más justo, más solidario y con mayores oportunidades para una juventud a la que la crisis ha azotado especialmente. Asà lo manifestó nuestro Rey y el propio PontÃfice. Pero también una inversión económica para la ciudad y para el paÃs, no sólo por los beneficios que la presencia de tantos peregrinos va a suponer, sino por la difusión de la imagen de España por todo el mundo. Ya nos conocen, pero ahora nos podrÃan apreciar mejor y valorar nuestra capacidad para organizar las cosas con orden y eficacia. Por ello, las manifestaciones anti visita, cuya legitimidad no discuto, perturban esa proyección exterior de paÃs civilizado y tolerante que podrÃamos haber dado. A estas alturas del siglo XXI que aún haya gente empeñada en sostener guerras de religión, carece completamente de sentido.





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