20
Jun

Por Rafael Puyol, Profesor de IE School of Arts & Humanities

Casi me atrevo a decir que la demografía se está poniendo de moda, quizás porque ayuda a comprender muchas de las cosas que están pasando en el mundo. Es una ciencia útil para entender mejor determinadas situaciones y para desmentir algunos planteamientos que se diluyen cuando se analizan a la luz de los datos demográficos. Y hago estas afirmaciones a propósito de la evolución experimentada por la población de los países musulmanes.

Sobre este importante asunto pretendo hacer dos grandes consideraciones. La primera a propósito de su crecimiento demográfico, para demostrar que no es tan fuerte, ni tan general.  La segunda sobre el papel estelar que su numerosa población joven ha tenido en los recientes sucesos políticos acaecidos sobre todo en los países MENA, es decir, los Estados musulmanes del Medio Oriente y el Norte de África.

Con frecuencia oímos hablar de la gran explosión que la población musulmana está protagonizando y paralelamente de la amenaza que ese intenso crecimiento tendrá (tiene ya) para los Estados occidentales y cristianos. La idea se tiñe de extremismo cuando se afirma que Europa mañana será casi musulmana debido a una presunta y desbocada inmigración procedente de ese mundo y al mayor crecimiento que esas poblaciones tendrían en los territorios de acogida. La tesis es defendida por algunos teóricos (Huntington) que hablan de una islamización de Europa de la misma forma que se está produciendo una intensificación de los latinoamericanos en EEUU.

¿Qué hay de cierto en estas percepciones? Ciertamente el crecimiento demográfico de los países musulmanes fue muy fuerte en el pasado cercano debido a su transición demográfica más tardía. Pero, al mismo tiempo que retrasada, también fue más rápida, lo cual dibuja un panorama actual muy diferente al que existía hace 40 años. Considerando los 46 países con población mayoritariamente musulmana la tasa de fecundidad a mediados del siglo pasado era de 7 hijos por mujer en 25 estados, entre 6 y 7 en 17 países y entre 5 y 6 en cuatro.  Esta alta fecundidad comenzó a descender después de 1985 en la práctica totalidad de los países musulmanes de tal forma que hoy algunos tienen tasas entorno a 2,1 hijos por mujer, aunque otros estén todavía en valores más altos. Así por ejemplo Somalia, Afganistán, Yemen están por encima de 5,5 hijos por mujer; Iraq o el Territorio Palestino está por encima de 4, pero Líbano, Irán, Marruecos, Túnez o Emiratos (todos ellos países de la MENA) se sitúan en una banda entre 1,8 y 2,4.

Así pues no se puede hablar de un comportamiento uniforme de los países musulmanes en cuanto a la fecundidad, aunque sí se puede certificar para todos ellos un proceso a la baja de las tasas que en algunos casos se sitúan ya por debajo del nivel de reemplazo. En otros, los índices son efectivamente más altos, pero los factores determinantes de esta situación tienen más que ver con su lacerante pobreza, su bajo nivel educativo o la fuerte postergación de la mujer, que con su exclusiva condición de musulmanes. Algunos Estados que no pertenecen a ese mundo pero que tienen las mismas sombras, también poseen tasas de fecundidad muy elevadas (Uganda 6,5 hijos por mujer o Burundi, 5,4).

Esa tendencia a la baja de la fecundidad ni impide las altas proporciones de población joven (menos de 15 años) que acumulan tales estados, más altos en los países del Medio Oriente (40% ó más) que en el Norte de África (entre 25 y 30%) ni la intensa presencia que tienen los “youth”, es decir las personas con edades comprendidas entre los 18 y 25 años. Una estimación para el año 2005 hablaba de 95 millones en los países MENA (hoy, sin duda, serán más) y porcentajes sobre la población total superiores al 20% y en algunos casos más (Argelia, Irán, Iraq, Jordania, Siria o Túnez). Las altas fecundidades anteriores explican la importancia numérica de estos jóvenes-adultos. Una juventud que podría ser una especie de “dividendo demográfico” a utilizar provechosamente por los países que lo poseen para su propio impulso económico. Pero lo cierto es que no está siendo así porque ni el sistema educativo, ni la oferta laboral son suficientes y tienen la calidad necesaria para atender sus demandas y convertir este “bono” de población en una fuerza de progreso. Todo lo contrario. Entre estos jóvenes hay frustración y desesperanza ante la escasez de horizontes despejados que les ofrece el futuro. Muchos, si pueden, se van y otros caen en las garras del fundamentalismo. Y todos, fuera o dentro, dejan oír su voz airada en las protestas contra regímenes autoritarios y corruptos que no son capaces de combatir la miseria y las profundas desigualdades sociales.

En las plazas emblemáticas de los países del MEDA la voz de la pobreza no tuvo edades, ni sexo, ni condición social, ni siquiera religiosa. Pero se dejó oír con más intensidad el grito de esos jóvenes con tan incierto porvenir. Estamos ante un fenómeno imparable que se veía venir y que se está extendiendo como reguero de pólvora.

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