13
May

Blanca Riestra

(Fragmento de una conferencia leída en el Instituto Cervantes de Lyon el 29 de abril de 2010).

Los libros se relacionan con nosotros siempre de manera personal, y yo también tengo una historia que me relaciona con Bolaño y que tiene que ver con mi vida en un determinado momento.

En 1996, publiqué mi primera novela, Anatol y dos más. Vivía entonces en Francia, en Dijon, donde preparaba mi doctorado sobre Juan Larrea, el poeta español iconoclasta e inclasificable, que escribió en francés la mitad de su obra. Recuerdo que era octubre y que estuve en Barcelona varios días de promoción y que Herralde me presentó a su escudería de entonces: Vila matas, Vidal Folch, Zarraluqui, Martinez de Pisón. Se esperaba a Bolaño pero Bolaño no llegó nunca a aquel bar del ensanche, el Salambó. Yo todavía no había oído hablar de él. En 1999, Bolaño iba a ganar el Herralde de novela con Los detectives pero yo estaba demasiado ocupada con mis propios conflictos interiores para seguir la actualidad literaria desde lejos.

No lo leí hasta bastantes años después. La vida siguió su curso. Terminé la tesis, abandoné la universidad francesa y me volvía España. Vivíamos Rédouane y yo en Manuel Becerra, antigua plaza de Roma. Fueron años de mucho trabajo. En 2001, publiqué La canción de las cerezas, cinco años después de Anatol. Colaboraba ya en innumerables periódicos, traducía del inglés y del francés para Siruela, para Espasa. Y entonces cayó en mis manos Nocturno de Chile: tuve que hacer una crítica para Diario 16, periódico ya desparecido.

De la novela –breve, pero excelentemente concebida como un cucurucho, como un embudo- recuerdo sobre todo lo espeluznante imagen de aquellas fiestas de vanguardia en el Santiago de Chile de la dictadura, donde se hablaba de poesía en los salones de casas burguesas mientras en el sótano de esas mismas casas se torturaba refinadamente a estudiantes de izquierdas…


No hay moral en ello. Corríjanme si quieren, pero Bolaño no da lecciones, sólo muestra cómo tras lo sublime, se esconde a menudo lo más espantoso, cómo el mundo es un batiburrillo donde la escoria y la belleza se codean. Me apresó. Fui Bolañista a partir de entonces.

Recuerdo también, pero no sé si este recuerdo pertenece a Nocturno o a otra novela, Estrella distante, quizás, la inutilidad hermosa, escalofriante, de aquel aviador nazi que escribía poemas de vanguardia por los cielos de domingo.

El tiempo siguió pasando, me hice con los Detectives. En este texto, Bolaño retoma la llama de Cortázar y de Borges, aunque los refute pero –además – y por eso en Francia, Bolaño será, debe ser muy bien entendido, yo lo veo completa y absolutamente heredero de Rimbaud, Lautréamont, compadre de Breton, de Aragon, de Bataille

Una de las grandes virtudes de Bolaño es que produce en quien lo lee unas ganas irrefrenables de escribir, yo sentí lo que Vila Matas anuncia en la contraportada del libro: que se abrían corredores nuevos, pasadizos por donde circularían nuevas maneras de escribir. Aún no sabía cuáles eran.

"Los detectives salvajes —vista así—, dice Vila Matas, sería una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio. Los detectives salvajes es, por otra parte, mi propia brecha; es una novela que me ha obligado a replantearme aspectos de mi propia narrativa. Y es también una novela que me ha infundido ánimos para continuar escribiendo, incluso para rescatar lo mejor que había en mí cuando empecé a escribir."[]

En una primera lectura de Los detectives me arrastró la sensación de laberinto, de entrecruzamiento. Puedo decir que mi fascinación por Bolaño fue ante todo física, estructural, y creo que eso no es casual, y ya me explicaré más adelante, creo que es la estructura lo que hace sus novelas largas magistrales frente a los textos más pequeños. Es en la estructura donde está la fuerza. La estructura es significativa. Y diré por qué.

Nunca le escribí una carta, ni siquiera un mail, a Bolaño. No me gusta nada cuando me escriben a mí por lo cual deduje que a él le espantaría. Cuando se murió, yo estaba en Roma, con una beca para escribir. Ese mismo año me propusieron venirme a Burque, en el sur de estados unidos.

Y acepté esta carambola que me aproximaba al perdido Von Arcimboldi. Mi única referencia a Albuquerque por aquel entonces, cuando Cesar Antonio Molina, me llamó, a finales de 2005, justo después de la publicación de mi novela el Sueño de Borges, fue su fugaz mención en el corazón de 2666.

Puedo decir sin lugar a dudas, que me fui a Albuquerque buscando a Amalfitano y a Cesárea Tinajero, ambos personajes desaparecidos que buscan la aniquilación, el olvido, como Rimbaud enterrándose vivo en el desierto de Adén, ellos deciden perderse en Sonora, quizás en el desierto de Nuevo Méjico. Se esfumaron en algún lugar de esta línea imaginaria que constituye la frontera entre México y los States.

Quise creer que no era casualidad que el destino me trajese a ese lugar remoto donde los haya, para alguien que viene de Europa francamente desolado, literario de una manera bronca e inmisericorde. No hay lugar más indicado en USA para hablar de Bolaño que Albuquerque. Porque estamos cerca de la frontera, porque es tierra de nadie, porque desde allís se presiente el vacío oscuro que es Ciudad Juárez, -Santa Teresa- orlado de cruces, entorno adonde gira la novela póstuma de Bolaño y que es un poco como la representación del mal y del misterio, del vacío y de la muerte.


 

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