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Capricho Bizantino

Written on September 11, 2009 by Felicia Appenteng in Arts & Cultures & Societies, Philosophy

Julián Montaño

Este verano he visitado varios monasterios de Siria. En uno de ellos el abad Teófanes me regalo con una visita a la biblioteca del monasterio, donde me dejó algún tiempo a solas. Uno de los libros que estuve hojeando fue una transcripción del s. XVIII de Historia de los hechos de los emperadores breves, de Félix el Diácono, crónica del s. XV que llevaba algún tiempo persiguiendo.

En esta crónica, Félix, hegumeno del monasterio al igual que Teófanes, cuenta tan sólo una anécdota del breve emperador Julio Máximo I Sofistés, de origen bético, que reinó en Constantinopla en un tiempo que nadie recuerda.

Cuenta Félix, que era tenido entonces por uno de los hombres más sabios de Constantinopla el propio patriarca, Miguel I Filólogo, hombre de escrituras y empeñado en interpretar en sentido alegórico y moralizante los fragmentos órficos.

Miguel I Filólogo, tenía además la astucia de los hombres de su tierra, el Catepanato, la actual Calabria, y no se le pasó por alto la fama de sabiduría del emperador. Porque por encima del patriarca Miguel, el emperador era conocido como aún más sabio, y el hombre más sabio que se hubiera sentado en el trono de Justiniano.


Una tarde, en el jardín del palacio de Blaquernas, en la que soplaba un suave viento que venía del mar, el patriarca Miguel preguntó al emperador.

"-Majestad Imperial, tú que eres la luz que nos ha dado el Verbo para iluminarnos en el en la noche de esta tierra, ¿quién es el hombre más sabio de todo los que hablan el griego?"

El emperador entretenido con uno de los pájaros de plata que adornaban el jardín, respondió.

"-Vuestra Beatitud me pregunta por el hombre más sabio de todo los que hablan griego, sabe Salomón que el hombre más sabio es difícil de encontrar, pero el hombre más sabio es aquel que nunca haría tal pregunta".

Miguel I Filólogo, patriarca de Constantinopla, inclinó brevemente la cabeza y el torso, indicando cuán satisfactoria y pertinente era la respuesta. El emperador, mucho más sabio que el patriarca, le dio una lección de lógica y astucia: a) El hombre más sabio nunca podría preguntar quién era el hombre más sabio, puesto que ya lo sabría; b) el emperador sí lo sabía y c) el patriarca no era el hombre más sabio.

Cuenta Felix el Diácono, que Miguel I Filólogo, mucho menos sabio que Julio Máximo I Sofistés terminó sus días encerrado en el monasterio de Estudio, cegado por el emperador tras una conspiración. En sus últimos años repetía incesante "¿cómo saber si soy más sabio?"

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