Archive for April/2009

30
Apr

The Orwellian Orwell

Written on April 30, 2009 by Rolf Strom-Olsen in Arts & Cultures & Societies, Literature

Rolf Strom-Olsen

It is surely a testament to a writer's importance when his or her name eponymously enters the language. This is an exclusive club and there are only a few examples that come to mind. The French Renaissance writer François Rabelais may be little read today (Pantagruel probably sounds more like a Portuguese breakfast pudding than a famous work to many modern ears), but the word "Rabelaisian" persists as a fancy way of saying "funny, but rather disgusting." Franz Kafka, who endures still, furnishes us with "Kafkaesque" (Kafkiano in Spanish, kafkaesk in German), a word whose meaning appropriately enough is rather elusive in a kafkaesque way, but which describes generally a pointless and disorienting complexity.

And then there's Orwellian (orwelliano, orwellien, orwellisch), a word that bounded into existence almost simultaneously with the publication of George Orwell's two famous dystopian novels, Animal Farm and 1984. Twenty years ago, Orwell and his eponymous adjective perhaps looked unlikely to survive the end of the Cold War and the demise of the Soviet system as little more than a historical relic.Orwell

Eight years of the Bush administration, however, have breathed new life into the word. From secret torture memos and the extralegal detention camp at Guantanamo Bay to the bewildering malfeasance practiced upon the English language and the Us (or is it US)-against-Them mentality fostered during the Bush years – all this revived the full qualities evoked by the word Orwellian.

The appearance of a new edition of selected essays of Orwell (details here) has produced several considerations of his place in history and culture. Both Julian Barnes, writing in the New York Review of Books and James Wood, in a piece for the New Yorker (sadly inaccessible online) offer interesting perspectives that share at least one common theme: Orwell's irrepressible Englishness. Julian Barnes notes:

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29
Apr

Publicado por Madridpedia.com

El doctor don Pedro González de Velasco, nació en un pequeño pueblo muy próximo a Segovia llamado Valseca de Boones (actualmente Valseca), un 23 de octubre de 1815. Sus padres fueron humildes labradores, como la mayoría de los habitantes del pueblo.

Desde pequeño se vio obligado a ayudar a su familia, trabajando en una porqueriza. Marchó muy joven a Segovia, donde, realizando todo tipo de trabajos, consiguió aprender algo de latín y de filosofía, sirvió también como soldado. A la muerte de sus padres, decide trasladarse a Madrid.

Tras tres años de estudio intensivo, logra el título de practicante y cinco años después obtiene el de cirujano. Ya era bachiller por oposición en la Facultad de Medicina y más tarde, con la nota de sobresaliente en todos los cursos gano el titulo de Licenciado. Conquistó la borla de doctor poco después. Todo ello mientras realizaba los más duros trabajos. Recibió la Cátedra de Operaciones de la Facultad de Medicina.

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28
Apr

Is Flannery O’Connor a Catholic writer?

Written on April 28, 2009 by Felicia Appenteng in Arts & Cultures & Societies, Literature

Far from being senseless, the violence in Flannery O'Connor's work is bound up in the author's religious beliefs

(As published in the Guardian Books Blog)

Flannery O'Connor: 'I write the way I do because (not though) I am a Catholic'. Photograph: AP

The ever-quotable George Orwell wrote in the 1930s that the English novel was practically "a Protestant art form", and that Catholic novels were either bad, or written by "bad Catholics". Shortly afterwards, Evelyn Waugh and Graham Greene reshaped English literature with the evident Catholic inflections of works such as Brideshead Revisited and The Power and the Glory, reflecting that novel-writing had, to some extent, "gone over to Rome". But what of American Catholic writers? As American authors who dealt with overtly religious themes tended to come from the Southern states, Catholicism in American literature often took a back seat to evangelism and Baptist brimstone.

But a new biographyof Flannery O'Connorby Brad Gooch points to the central role of Catholicism in O'Connor's stories. She wrote two novels and 32 short stories, before her death at the age of 39 in 1964 from lupus, and although they broached themes such as the Holocaust (in her short story The Displaced Person), they overwhelmingly featured Southern characters, focusing on religious hypocrisy, racial tension and the decay of the South. Frequently described as utterly compelling but senselessly grotesque by her contemporaries, they were often read to be full of sound and fury, signifying nothing.

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24
Apr

De Aquí a Eternidad

Written on April 24, 2009 by Rafael Puyol in Arts & Cultures & Societies

Rafael Puyol

La muerte afecta al futuro de todos los españoles. Por eso, no viene mal recordar, de vez en cuando, sus maneras de actuar. Cuatro anotaciones resultan relevantes. La primera es que cada año se mueren más personas. Es el precio de vivir más. La muerte se cansa de asistir, inactiva, a tantos cumpleaños y acabar por llevarse a los mayores que cuando fallecen son cada vez más viejos.

 

La segunda es el monopolio casual que ejercen las enfermedades del sistema circulatorio y los tumores. Morirse de otra cosa empieza a ser excepcional. De ahí que resulte poco lógica la importancia concedida a ciertas causas de fallecimiento si tenemos en cuenta el peso real de esos óbitos. La incidencia conjunta de las muertes por SIDA, los homicidios y los suicidios sólo facilitan el tránsito del 2,2% de los españoles. Ciertamente ninguna de ellas son formas de abandonar este mundo, pero más que su importancia cuantitativa, lo que llama la atención en estas muertes es su afectación especial a las personas jóvenes en una sociedad acostumbrada a ver "morir de viejos".

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22
Apr

Emilio Sáenz-Francés

Emperador y Zar Autócrata de todas las Rusias, demonio del medio día del delirio comunista convertido en nuestros días en oportuno e inofensivo mártir por la nueva Rusia… Nicolás Romanov ha sido, durante los últimos 100 años, esas cosas, y muchas otras más. Todo comenzó cuando heredó reluctante, con tan sólo 26 años de edad, uno de los imperios más extensos que el mundo ha conocido; un imperio milenario nacido entre las brumas legendarias del mito de la tercera Roma; la nueva Constantinopla: Moscú.

El joven Nicolás fue educado en ese ideal, que situaba al Zar sólo por detrás de Dios. El heredero creció así acompañado por los coros victoriosos de La Vida por el Zar de Glinka, una exaltación del pueblo eslavo en la que el Zar no sólo era el centro y el referente último, sino también un poder absoluto digno de una veneración fanática. Su padre, Alejandro III, que lideró una cruzada contra cualquier posibilidad de apertura en el régimen Zarista, amedrentó los titubeos infantiles de su hijo desde su descomunal estatura y sus modales rudos, más cercanos a los de los mujics que a las sutilezas de la Corte. La temprana muerte de Alejandro, con sólo 49 años, fue la primera de una larga serie de inesperados infortunios que alentaron la creencia de que una oscura maldición se cernía sobre la Dinastía.


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