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Argentina: La Apoteosis del Adjetivo

Written on January 8, 2008 by Administrador de IE Blogs in Arts & Cultures & Societies, Literature, Philosophy

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Miguel Herrero de Jáuregui
Tras faltar los dos últimos martes a ST, entro con cierta sensación de culpa, y mi sonrojo aumenta al ver que los demás han seguido al pie del cañón. Menos mal que toda vergüenza tiene siempre alguna excusa oportuna que la cubra: en este caso, mi deserción no era (sólo) por vagancia navideña, sino porque he estado lejos de internet, recorriendo Argentina, un país sorprendente, de tan diferentes climas, parajes y gentes que parece difícil dar con algo que lo pueda caracterizar de un golpe. ¿Qué tienen que ver los glaciares con el subtrópico, la pampa y los Andes, la Recoleta y la Boca? Sólo encuentro un rasgo que aparece en todas las facetas de la vida argentina, y que la hace única para bien y para mal: la preeminencia total del adjetivo. Otros pueblos habrá, como el alemán, que privilegian al sustantivo en su lengua y pensamiento, y otros, como el inglés, que hacen girar su expresión y sus ideas en torno al verbo. El rigor exhaustivo del BGB o la flexibilidad adaptable de la common law van a la par, respectivamente, de esta centralidad del sustantivo o del verbo. En Argentina, en cambio, manda el adjetivo.

A riesgo de caer en la generalización que roza la boutade, y que admite más excepciones que ejemplos, me parece claro y defendible que en Argentina el epíteto ya no señala atributos accesorios de una cosa, sino que designa su esencia misma. Tanto es así que desplaza en infinidad de ocasiones al sustantivo. Para empezar, el nombre mismo del país, “la plateada”. ¿Cuántos otros países tienen un adjetivo como nombre? Como si el Río de la Plata, su color y su riqueza, no sólo distinguieran a la República, sino que la invadieran hasta que la forma de estado deja de importar frente a su carácter.

Los ejemplos más dispares se acumulan en todos los campos. Recorramos a salto de mata algunos casos en que el adjetivo en todas sus formas (superlativo, comparativo, o símil) es el eje del discurso. El psicoanálisis, que ha cuajado en Buenos Aires más que en ninguna otra ciudad del mundo, se basa en caracterizar deseos, sentimientos, recuerdos, con palabras o con asociaciones. El cine: véase una película argentina cualquiera, véase cómo insiste en la caracterización compleja de los personajes mucho más que en un argumento que no suele ser sino la excusa para presentar gente llena de matices. La literatura: cuéntense los adjetivos de una página de un cuento de Borges, compárense con otros autores contemporáneos de lengua española, y aun diría extranjera, y suele salir una proporción de casi tres a uno. La política: es imposible entenderla con el binomio habitual derecha-izquierda, porque aquí son otros factores los que imperan, que en otros países parecerían de poca importancia: peronistas y radicales se distribuyen entre todos los estratos sociales e ideológicos, separados por estas etiquetas más que por programas. La sociedad: se habla sin tapujos en discursos públicos y privados de clases altas, medias y bajas, porque el adjetivo no asusta, sino que cautiva. Y, por cambiar de tercio: cuántas veces nos hemos reído de Valdano por buscar epítetos más propios de la metafísica que del fútbol; y sin embargo, las jugadas de Maradona, sus dos goles a Inglaterra, sólo pueden contarse con adjetivos en superlativo. O si no, puede comparárseles con el más ornamental de los bailes, el tango, donde cada rasgo accidental es mucho más visible que el ritmo de fondo.

El origen de esta preeminencia del rasgo sobre el objeto puede buscarse, tal vez, en la magnificiencia de la tierra, en la que el adjetivo es mil veces más expresivo que el nombre. De la pampa no se puede hablar sin decir que es infinitamente extensa y llana, como el horizonte de un cuadro de Dalí, y los glaciares de la Patagonia no se describen como estratos acumulados hielo comprimido sino como enormes muros de un azul intenso. Porque la esencia pétrea y muerta del glaciar está sobre todo en su color azul, que ningún otro hielo del mundo iguala.

O tal vez se debe a la herencia italiana, en la constante inmigración del XIX y XX, que adorna el castellano mucho más que en otras latitudes: una inscripción en Madrid dice “el dos de Mayo de 1808 el pueblo de Madrid se rebeló contra los invasores franceses”. La misma inscripción en Italia adjetivaría generosamente y diría “el heroico pueblo de… se rebeló en el día memorable de… contra el oprobio del invasor enemigo y alcanzó gloria inmortal”. En Argentina la mezcolanza de italianos y españoles resultó en una lengua suave y maravillosa, relinda, en la que el adjetivo no causa sobreornamentación, sino gusto por el detalle y la vida.

Sea cual sea el origen del imperio del adjetivo, sus consecuencias son claras: la amabilidad, la cortesía exquisita, dispuesta a ayudar y acoger sin servilismo alguno, y atenta a escuchar y contar sin caer en la pesadez, de la gran mayoría los argentinos, se basa en su gusto por el rasgo, en vez de por la cosa o por la acción. Se le pregunta a uno no qué hace, sino si le gusta cómo suena el bandoneón. Porque, como dice la canción,

no me importa tu pasado ni soy quien para juzgarte,

porque anduve a los sopapos con la vida yo también.

Y tal vez, aunque sea tópico, sobre todo entre los propios argentinos, se desprende del deleite en el adjetivo (“bárbaro”, “espectacular”) un orgullo que puede deslizarse fácilmente a la vanidad. Y la rara mezcolanza de carácter filosófico y soñador, irónico y melancólico: desde la alta literatura a los graffiti que se encuentran en cada pared de Buenos Aires. Y sobre todo en el tango cantado: no cuentan una historia, sino que describen una situación en que todo se torna adjetival. Así cantaba Gardel:

Yo no quiero que nadie se imagine

cómo es de amarga y honda mi eterna soledad.

En mi larga noche el minutero muele

la pesadilla de su lento tic tac.

Muchas veces el fondo del tango es triste, es cierto. Porque lo triste en Argentina, a fuer de adjetivo, es también admirado y comentado, en vez de reprimido o enmendado. Incluso la muerte, que en el cementerio de la Recoleta se celebra con proporciones egipcias, haciendo de la ciudad de los muertos un tétrico pendant de la de vivos. Pero por lo mismo, lo bello y lo alegre se goza en esta tierra como en ninguna otra. Ortega formuló, muy a su modo, un célebre mandato en su Meditación del Pueblo Joven: “¡argentinos, a las cosas!”. Si tenía razón o no, que lo decidan ellos mismos. Pero que no pierdan nunca, por ir aprisa a las cosas, la percepción única que tienen de todos sus brillos y sabores.

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