28
Nov

Julián Montaño

Descarte_4

El método socrático del que nos habla Santiago en su post pervivió en la cultura occidental en la forma de Escuela, el particular método de enseñanza y aprendizaje de la Edad Media y que se eclipsó con el comienzo de la ciencia moderna (Bacon en Inglaterra, el giro copernicano, los Kepler y los Galileo en todo el continente) y la decadencia de la Universidad. La desaparición de esta forma de aprender y enseñar (bueno se quedo en los subterráneos de las universidades inglesas y especialmente en las escuelas de derecho anglosajonas para resucitar en EE.UU. mucho más tarde) tiene que ver con un cambio en la idea de lo que es el saber. El cambio, que se produjo entre los siglos XVI y XVII es el cambio de una idea del saber o epistemología no fundacionalista a otra fundacionalista. El fundacionalismo en teoría del conocimiento (Epistemología) es uno de los dogmas de la cultura occidental moderna que más ha perdurado -tanto que en parte se ha incorporado al sentido común, o al menos al sentido común de las comunidades más letradas de la civilización occidental. Su padre es Descartes y ha estado vigente en filosofía y en las ciencias hasta hace poco y todavía mantiene su inercia.

El fundacionalismo consiste en sostener las siguientes premisas. Saber es tener una creencia verdadera y justificada. Tener una creencia justificada es que nuestra creencia se apoya (se deduce) de otra creencia más básica (anterior, o bien más general, o bien más particular y cercana a la experiencia, etc.) y así sucesivamente hasta llegar a creencia básicas en sentido estricto o fundacionales. Las creencias fundacionales son creencias tan evidentes que todo el mundo acepta o tan elementales como creencias cuyo contenido nos lo da la experiencia de los sentidos. El cuerpo del saber (bien sea una ciencia o bien sea mi conjunto completo de creencias, o sea todo lo que sé) es realmente conocimiento si guarda esta estructura arquitectónica (cuando se invento el fundacionalismo en el XVII a los filósofos les encantaba ese tipo de metáforas tomadas de las artes que estaban de moda: pintura y arquitectura, arquitectura en este caso): en la base creencias tan básicas que son justificadas por sí mismas (autoevidentes) o por la insoslayable experiencia y, como ladrillos que se apoyan unos en otros, creencias más complejas o más lejanas a la evidencia que dependen de las primeras. Si no se apoyaba así una creencia, aunque fuera verdadera, no estaba justificada, por lo tanto no era conocimiento (pongo la adversativa “aunque fuera verdadera” porque puedo llegar a tener una creencia verdadera por error o casualidad, como cuando acierto el nº de la ONCE).

Ahora supongamos que me llama por teléfono Felicia Appenteng y me dice “Hola Julián, no nos conocemos personalmente, pero soy Felicia y te llamo para decirte que eres un desastre haciendo tus posts y que no respetas los protocolos internáuticos”. Bien, no he oído nunca la voz de Felicia (que tengo entendido tiene una voz bellísima) e imaginemos que no he leído este post sobre el fundacionalismo y que soy un fundacionalista empedernido. Mi reacción sería la siguiente. “Estimada señorita, perdone, pero no tengo constancia de que su voz corresponda a la de Felicia Appenteng, porque no he asistido en vivo a una locución de Felicia Appenteng, con lo cual no puedo seguir racional y justificadamente hablando con Vd. mientras mi creencia en que es Vd. Felicia Appenteng se apoye en a) una creencia sobre la voz de Felicia Appenteng elaborada mientras veo a Felicia Appenteng físicamente y b) que la compañía telefónica no me está engañando con una voz que no corresponde a Felicia Appenteng pero que dice ser Felicia Appenteng.” La reacción no se daría, porque así no podemos vivir ni sostener una conversación. Un fundacionalista diría que eso prueba que la mayoría de las creencias del sentido común (quien habla por teléfono es quien dice ser) no están justificadas y por lo tanto no son propiamente conocimiento. Y ahí está la patraña. ¿Por qué iba a ser que la gran mayoría de mis creencias no están justificadas? La mayor parte de lo que sé (que mis padres son mis padres, que el hombre ha llegado a la luna, que hay un sitio que se llama Groenlandia y que los Ferrari son un gustazo conducirlos) es vía testimonial, o sea lo he formado fiándome de lo que me dice gente (o fuentes) que considero solvente en cada aspecto relevante para la creencia en cuestión. Y la manera que tengo de autorizar mi creencia como bien fundada no es apelando a una experiencia directa o a una creencia más básica en la que se funde (“que la estructura del ADN es la de una doble hélice, bueno, bueno, me lo creeré cuando me lo demuestren en persona Watson y Creek”) sino en la fiabilidad del testimonio (al fin y al cabo cómo sé que soy hijo de mis padres y no de los prolíficos vecinos del cuarto). Esta es la contemporánea epistemología del testimonio. Se está desarrollando ahora, una vez que nos hemos dado cuenta que ni siquiera la ciencia (la física nuclear, la biología e incluso las matemáticas) puede remontarse totalmente a creencias completa y absolutamente básicas, que la ciencia empieza y se desarrolla en un punto que no es para nada el punto cero, o que al menos (lo de la ciencia es duro de aceptar) la ciencia no es el modelo que debemos escoger para establecer cómo y cuándo es aceptable una creencia verdadera como conocimiento (como creencia verdadera y justificada).

El fundacionalista objetaría: me parece muy bien que Vd. funde parte de lo que es una justificación aceptable en el testimonio. Pero ¿cómo separar los billetes falsos de los verdaderos? ¿cómo sabe que no le están engañando? ¿acaso sabe Vd. si Felicia Appenteng tiene un doble, un doppelgänger, que va por ahí haciendo la pascua y simulando ser Felicia Appenteng? Es verdad, es posible. Los casos de engaño se dan. Las mentiras piadosas (tu eres hijo nuestro, eso de que nosotros seamos de la tribu Yanomani y tu seas pelirrojo con pecas, en fin, son detalles sin importancia), las estafas, las bromas y las conspiracy theories existen. Pero el asunto es que me pueden engañar en un testimonio o en muchos, lo que no puedo pensar es que me engañan en todos. No puedo pensar que me engañan en todos porque entonces no es que dude de si una parte de mi conjunto de creencias es válido o no, es que mi conjunto de creencias como tal se viene abajo. Si todo lo que vivo y sé es sospechoso de no ser así, bien, no es que mi creencias estén poco justificadas, es que dejo de pensar, la línea de comunicación que me mantiene en contacto con la realidad se descuelga, el sistema se me bloquea. Cuando Alicia se encuentra con la Oruga y esta le dice “haz el favor de explicarte” Alicia responde “I can’t explain myself, I’m afraid, sir’ dijo Alicia, `because I’m not myself, you see”. Aparte del juego de palabras, si TODO lo que Alicia ve ha sido engañoso, difícilmente puede identificarse ella misma delante de la Oruga. Por lo tanto aún a riesgo de que determinadas creencias no estén justificadas sé que gran parte de las que tengo sí lo están. No todo el mundo engaña de modo sistemático. El fundacionalismo por tanto –el paradigma de la epistemología que va desde Descartes a los años 20 del s. XX– es falso porque no recoge de hecho una parte importante de cómo elaboramos y damos por válidas nuestras creencias.

Y ahora unos apuntes al estilo de Historia de las Ideas sobre todo esto. ¿Por qué en sociedades de tradición liberal es más fácil pagar con cheques que en aquellas en la que la tradición liberal ha llegado recientemente? (pruebe en España a pagar con un cheque, Vd. pruebe, verá qué bien le sienta al dependiente) ¿por qué los sistemas jurídicos de países de tradición liberal le dan más importancia a la vista oral que al sumario? ¿por qué en los países de traición parlamentaria (por cierto España aportó a la historia un parlamento representativo allá por el siglo XII, mucho antes que algunos países que presumen de esto) cuenta más la declaración pronunciada en la corte que cualquier informe? Porque en culturas desarrolladas –en parte- al margen de la influencia directa y omnicomprensiva del paradigma fundacionalista (que tuvo su mayor expresión en la epistemología Racionalista, posteriormente en la Ilustración y más tarde en el cientismo positivista) el valor del testimonio personal, el valor de lo razonable, como aceptable en el diálogo, frente a lo estricta y rigurosa y científicamente fundado, sigue en pie. En parte es propio de sociedades más liberales porque no delegan en un tercero la convalidación de lo que digo y hago, yo tomo la iniciativa de hacer que lo que digo y hago sea fiable. Si nos sentamos a jugar al póker más vale pensar que normalmente la gente juega limpio y que sí, de vez en cuando se cuela alguien que no es un caballero, pero ahí están las reglas y si se sigue jugando es porque en condiciones normales la gente las cumple.

Hay dos situaciones históricas opuestas a esto. Culturas en la que la epistemología del testimonio es omnicomprensiva (en lugar de la fundacionalista) como por ejemplo lo era el antiguo derecho marroquí. En el proceso vigente antiguamente en Marruecos lo decisivo no eran las pruebas que yo podía aportar a mi favor al juez (de hecho no se aportaban pruebas) sino el testimonio que daban sobre mí personas de mi entorno (mi barrio, mi gremio) que eran consideradas por su sabiduría, piedad, edad o estatus social venerables y dignas de respeto en lo que decían. Su testimonio era decisivo para la emisión del juicio. Esto nos parece irracional, el mas recalcitrante inquisidor del Trecento se ve obligado a aportar una prueba independiente de un testimonio único. No todo es testimonio, a menudo nos hacen falta pruebas y certificar lo que decimos o lo que oímos. Vivimos mejor en un mundo donde hay Instituciones, terceros que puedan avalar la realidad y nos protejan de los saboteadores del testimonio.

El otro extremo sería la Unión Soviética de Lenin o lugares así: el lugar donde el juicio es el sumario, cualquier frase es siempre digna de sospecha, cualquier acción o iniciativa debe ser comprobada, certificada por una Institución (la Institución, el Estado, en la utopía de este corte no cabrían dos ¿por qué una se iba a fiar del testimonio de la otra si no?) y debe tener un acceso público, porque algo que no sea público y fundado en la evidencia pública es un engaño. En una sociedad así el método socrático sería inaceptable, tanto como uno de sus elementos: la ironía socrática. Fingir la ignorancia o dar por provisional una creencia aparentemente bien fundada deja demasiada iniciativa a los hábitos personales de búsqueda del saber, a la autoridad intermedia y privada de un maestro o a la autoridad intermedia y privada de una escuela. Un horror, no en vano condenaron a Sócrates a marcharse a Siberia.

Comments

Santiago Iniguez, Dean IE Business School December 3, 2007 - 2:33 am

Muy interesante post Julián. Me ha recordado el comeienzo de un ensayo de Hilary Putnam, uno de los filósofos del conocimient contemporáneo más sobresalientes, en el que utilizaba la analogía de los “cerebtos en una cubeta”. Explicaba que quizás somos, cada uno de nosotros, un cerebro en una cubeta conectado a múltiples electrodos que nos hacen percibir sensaciones, sentiminetos, imagenes, sabores..

Julián Montaño December 3, 2007 - 10:14 am

Me alegro que te haya gustado Santiago. El thought experiment de Putnam sobre el cerebro en la cubeta estaba destinado precisamente a plantear el tema sobre si podemos encontrar una creencia básica y fundacional incuestionable. Obviamente lo que prueba es que no. El cerebro en la cubeta no es más que una versión del experimento mental de Descartes de un demonio que me engaña con mis pensamientos, o si lo prefieres en una versión más postmoderna de El Show de Truman, la película interpretada por Jim Carrey. ¿Cómo sé yo que no soy el protagonista de un reality show perverso en el que soy el protagonista y todo el mundo me lo oculta hábilmente? Obviamente no lo soy, no porque encuentre la creencia-llave que me despeje la duda cartesiana, es porque esta sospecha chocaría tan frontalmente contra el sentido comun que no es que se tambaleen mis creencias, es que tendría que dejar de pensar, el sistema se colapsaría. Afortunadamente Putnam suscribe ahora el “realismo con rostro humano” (así lo llama él): la epistemología no tiene derecho a socavar el sentido común, porque de hecho la epistemología lo supone.

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