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Oct

Julián Montaño

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Cuando ya tenía en mente escribir algo sobre la Caída del hombre (cosa tan recóndita y tan cotidiana) he visto el post de Fernando y de Arantza, así que Felicia, escribo sobre todo junto. En visperas de los días en que se celebran las postrimerías y la Última Hora de aquellos que han sufrido la Caída (el viernes) y de aquellos que se reunen todos juntos al final del proceso que empieza con la Caída (el jueves) termino yo reuniendo en mi post sobre postrimerías a Fernando, a Arantza, a Miguel y a ti.

Felicia, a mi me gusta distinguir dos relatos de la Caída que tienen que ver con los dos relatos fundamentales que se dan sobre la redención (el alzamiento tras la caída). Uno que cuenta que la Caída consiste fundamentalmente en la pérdida de un vínculo exterior del hombre, el vínculo que lo une con el Creador, fundamentalmente la ruptura de un pacto o el incumplimiento de una prescripción. El otro es el relato que cuenta que es la pérdida de un vínculo interior del hombre, el desencuentro o la desconexión con una fuente interna. El primer relato tiene una vigencia milenaria, el segundo es la versión que de éste empezó en el S. XVI con Lutero: la caída es la consecuencia del alma sin fe que no acepta la acción interior de la Gracia debido al pecado. Esta versión del relato de la Caída sigue una historia que va desde Rousseau (el hombre alejado de la Naturaleza inocente debido al prejuicio de la cultura), las Luces (el hombre apartado de su justo estado de Razón debido a la impostura), los Románticos (el hombre sacado del estado de inmersión en la Naturaleza primigenia debido al ejercicio impío de la razón) o los poetas simbolistas y las vanguardias (el hombre apartado de su poder Creador debido a su empecatado aburguesamiento) o Marx y Freud (el hombre apartado de su estado de justicia original debido a la enajenación del trabajo o al imperio del super-yo).

Lo curioso es que todas ellas se forjan en la lectura que en los siglos XVII y XVIII se hace de la narrativa de Lutero: la caída es algo que me pasa dentro, en mi interioridad, cuando pierdo mi estado de justicia y reconciliación con algo original en mí. Por tanto la reparación de esa caída tiene que ver con la labor interna de mi alma, con la conciencia. Tiene que ver con el ámbito privado, no tiene que ver con ningún pacto público, ninguna institución que lo atestigue ni símbolos que recuerden el pacto. La vida humana se empezó a dividir entonces en dos ámbitos distintos, el público (el lugar de los pactos y de la única Alianza posible, el contrato social) y el privado (el lugar donde acontece el drama de la redención, la propia búsqueda de salvación). De ahí viene la idea contemporánea de establecer un lugar para la búsqueda de la identidad personal (el privado -donde los sentimientos, símbolos y significados tienen cabida) y un lugar que no puede ser afectado por nuestras búsquedas particulares de identidad personal (el público).

De esta visión de los ámbitos de la vida humana es una postrimería, una última versión, la idea de Estado latente en el post "Velo islámico. Derechos y deberes" de Fernando, que en definitiva se basa en establecer lo que se llama ‘justicia procedimental’, el estado no debe elegir una opción acerca de lo que es Bueno, sólo acerca de lo que es Justo, los ciudadanos pueden elegir lo que ellos consideran Bueno, siempre que no sea injusto. Creo que a la misma conclusión que llegó Fernando en su post puede llegarse pero a través de otra visión del Estado y de la vida de las personas que no tiene que dividir entre un supuesto ámbito opaco y privado y un impermeable ámbito público, una ‘justicia procedimental’ o lo que es lo mismo la separación entre lo Justo y lo Bueno. Prometo darla, Felicia, sin dejar de hablar de los paraísos perdidos y de la Caída del hombre, porque el relato que daré tiene que ver con la narrativa de la caída del hombre que tuvo exclusividad social hasta Lutero y que cuenta que la caída del hombre y su redención tiene que ver con los contratos y el testimonio público de la propia redención a través de instituciones -un relato que está muy cercano a las concepciones que sobre el buen gobierno pudieran tener personajes como el Gil Álvarez de Albornoz que nos presenta Miguel en su post "Bolonia".

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Pero fíjate, Felicia, de la Caída del hombre también nos habla Arantza en su post "Private Vices, Public Virtues". porque si en la versión de la historia de la caída que se empieza a contar desde el S. XVI, la caída y la redención es algo interno al hombre (a su alma, a su Machine of the Mind, a su Vernunft, a su interioridad, a su subjetividad) entonces ¿por qué hay un mal que es público? ¿a consecuencia de qué hay mal que es compartido? ¿por qué hay mal en la historia? Lo que nos cuenta Arantza es el comienzo de este relato, de la justificación del mal en la historia, de la Filosofía de la Historia, de si hay realmente Mal y Postrimerías. Pero esta es la postrimería de mi post y sólo adelanto que este relato tiene que ver con Lutero, pero también con San Agustín, y con Santa Justa y Rufina aguantando la Giralda un aciago día 1 de noviembre (el día de todos estos santos, de Santa Felicitas y de muchos más tal día como mañana jueves) del año de gracia de 1775, el día del terremoto de Lisboa.

Comments

Arantza de Areilza November 4, 2007 - 8:11 pm

Julián: Tu mención al terremoto de Lisboa de 1775 me recuerda el precioso poema de Voltaire que dice así:
POÈME SUR LE DÉSASTRE DE LISBONNE (1756)
O malheureux mortels ! ô terre déplorable !
O de tous les mortels assemblage effroyable !
D’inutiles douleurs éternel entretien !
Philosophes trompés qui criez: « Tout est bien »
Accourez, contemplez ces ruines affreuses
Ces débris, ces lambeaux, ces cendres malheureuses,
Ces femmes, ces enfants l’un sur l’autre entassés,
Sous ces marbres rompus ces membres dispersés;
Cent mille infortunés que la terre dévore,
Qui, sanglants, déchirés, et palpitants encore,
Enterrés sous leurs toits, terminent sans secours
Dans l’horreur des tourments leurs lamentables jours !
Aux cris demi-formés de leurs voix expirantes,
Au spectacle effrayant de leurs cendres fumantes,
Direz-vous : « C’est l’effet des éternelles lois
Qui d’un Dieu libre et bon nécessitent le choix » ?
Direz-vous, en voyant cet amas de victimes :
« Dieu s’est vengé, leur mort est le prix de leurs crimes » ?
Quel crime, quelle faute ont commis ces enfants
Sur le sein maternel écrasés et sanglants ?
Lisbonne, qui n’est plus, eut-elle plus de vices
Que Londres, que Paris, plongés dans les délices ?
Lisbonne est abîmée, et l’on danse à Paris.
Tranquilles spectateurs, intrépides esprits,
De vos frères mourants contemplant les naufrages,
Vous recherchez en paix les causes des orages :
Mais du sort ennemi quand vous sentez les coups,
Devenus plus humains, vous pleurez comme nous.
Croyez-moi, quand la terre entrouvre ses abîmes,
Ma plainte est innocente et mes cris légitimes. […]
Que peut donc de l’esprit la plus vaste étendue?
Rien; le livre du sort se ferme à notre vue.
L’homme, étranger à soi, de l’homme est ignoré.
Que suis-je, où suis-je, où vais-je, et d’où suis-je tiré ?
Atomes tourmentés sur cet amas de boue
Que la mort engloutit et dont le sort se joue,
Mais atomes pensants, atomes dont les yeux,
Guidés par la pensée, ont mesuré les cieux;
Au sein de l’infini nous élançons notre être,
Sans pouvoir un moment nous voir et nous connaître.
Ce monde, ce théâtre et d’orgueil et d’erreur,
Est plein d’infortunés qui parlent de bonheur.
Tout se plaint, tout gémit en cherchant le bien-être :
Nul ne voudrait mourir, nul ne voudrait renaître.
Quelquefois, dans nos jours consacrés aux douleurs,
Par la main du plaisir nous essuyons nos pleurs;
Mais le plaisir s’envole, et passe comme une ombre;
Nos chagrins, nos regrets, nos pertes sont sans nombre.
Le passé n’est pour nous qu’un triste souvenir;
Le présent est affreux, s’il n’est point d’avenir,
Si la nuit du tombeau détruit l’être qui pense.
Un jour tout sera bien, voilà notre espérance;
Tout est bien aujourd’hui, voilà l’illusion.
Les sages me trompaient, et Dieu seul a raison.
Humble dans mes soupirs, soumis dans ma souffrance,
Je ne m’élève point contre la Providence.
Sur un ton moins lugubre on me vit autrefois
Chanter des doux plaisirs les séduisantes lois :
D’autres temps, d’autres mœurs : instruit par la vieillesse,
Des humains égarés partageant la faiblesse
Dans une épaisse nuit cherchant à m’éclairer,
Je ne sais que souffrir, et non pas murmurer.
Un calife autrefois, à son heure dernière,
Au Dieu qu’il adorait dit pour toute prière:
« Je t’apporte, ô seul roi, seul être illimité,
Tout ce que tu n’as pas dans ton immensité,
Les défauts, les regrets, les maux et l’ignorance. »
Mais il pouvait encore ajouter l’espérance.
VOLTAIRE

rabaty August 31, 2013 - 3:37 pm

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